ENVEJECER LEJOS DE CASA. MIGRACIÓN Y SOLEDAD DE LOS MAYORES

Discapacidad. Local accesible a personas con movilidad reducida.

ENVEJECER LEJOS DE CASA.
MIGRACIÓN Y SOLEDAD DE LAS PERSONAS MAYORES EN ESPAÑA.
Presentación de los resultados del estudio “Envejecimiento, soledad(es) y diversidad sociocultural en España” (EnDiversidad55+)

ENVEJECER LEJOS DE CASA. MIGRACIÓN Y SOLEDAD DE LAS PERSONAS MAYORES EN ESPAÑA.

En esta jornada se abordarán las particularidades de la soledad en el caso de las personas que migraron y desarrollaron su proyecto vital en España y que, ahora, se sumergen en el proceso de envejecimiento. El objetivo de la jornada es plantear los retos que la confluencia de migración y envejecimiento plantean para las políticas sociales en general, y para las estrategias sobre soledad en particular. Para ello, se expondrán los resultados obtenidos en el estudio “Envejecimiento, soledad(es) y diversidad sociocultural en España” (EnDiversidad55+), el primero en abordar la relación entre migración, envejecimiento y soledad en España. Los resultados del estudio, liderado por la Universidad Complutense de Madrid y la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología León XIII (Fundación Pablo VI), serán un material de reflexión para profesionales de la intervención social en entidades municipales y del tercer sector.

Convocatoria y programa detallado (descarga el PDF pulsando aquí):

LEÓN XIV con los MIGRANTES DEL CENTRO «LAS RAÍCES» y en TENERIFE

ENCUENTRO DE LEÓN XIV CON los MIGRANTES DEL CENTRO «LAS RAÍCES»
Y EN EL PUERTO DE TENERIFE

– S. Cristóbal de La Laguna – Tenerife / 12.6.26 –
En el texto incluimos las intervenciones de varias personas antes de la del papa –

ELOY ALBERTO SANTIAGO, obispo de la diócesis de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro)

Santo Padre, bienvenido a estas diócesis de San Cristóbal de la Laguna, a estas Islas Canarias occidentales, que lo reciben con el corazón abierto y agradecido por su presencia en esta mañana en medio de nosotros, como peregrino de paz y de esperanza, que nos invita a alzar la mirada para descubrir la presencia de Dios en nuestro futuro y al mismo tiempo en nuestro presente. Gracias por su deseo de conocer de primera mano la dura realidad de quienes ,,en muchas ocasiones se ven forzados a dejar su tierra natal y su familia, movidos por el sueño de conseguir un futuro mejor para ellos y los suyos, huyendo de guerras y violencia, de injusticias económicas y sociales, del drama del hambre y la pobreza. En estos últimos años han sido decenas de miles de personas las que, provenientes del continente africano, han llegado a nuestras islas, frontera sur de Europa, mayormente a la Isla del Hierro, al Muelle de la Restinga, movidos por ese sueño de una vida mejor.

ENCUENTRO DE LEÓN XIV CON los MIGRANTES DEL CENTRO «LAS RAÍCES». S. Cristóbal de La Laguna, Tenerife.Ellos han sido los más afortunados. Lamentablemente, hay tantos otros, otros miles, que no han conseguido la meta y han perdido la vida recorriendo la denominada Ruta Atlántica. Escuchar los relatos de quienes han realizado esa travesía de una forma totalmente inhumana y precaria en los cayucos y pateras que arriban a nuestras costas, a donde llegan exhaustos, no nos puede dejar indiferentes.

Así lo expresaba Su Santidad, con ocasión del Jubileo de los Migrantes, el pasado octubre en la Plaza de San Pedro, al referirse a la historia de muchos de nuestros hermanos migrantes, el drama de su fuga de la violencia, el sufrimiento que los acompaña, el miedo a no lograrlo, el riesgo de peligrosas travesías a un puerto seguro que no acaban de alcanzar. Y añadía, esas barcas que esperan avistar un puerto en el que detenerse y esos ojos llenos de angustia y esperanza que buscan una tierra firme a la que llegar, no pueden y no deben encontrar la frialdad de la indiferencia o el estigma de la discriminación. Esos ojos, Santo Padre, son los que ahora lo miran llenos de esperanza, deseosos de escuchar su palabra.

Nos encontramos en uno de los dispositivos de acogida para migrantes del Gobierno de España, gestionado por la Asociación ACCEM. Es el campamento más grande de toda Canarias, que, en plena crisis migratoria a finales de 2024, llegó a albergar casi cuatro mil personas, aunque hoy sean muchos menos, debido a la notable disminución del flujo migratorio en los últimos meses. Tras el saludo a continuación de la Ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Santidad, tomará la palabra el actual director de este centro, y a continuación escucharemos dos testimonios de migrantes acogidos, todo lo cual nos dispondrá a escuchar sus iluminantes y esperanzadoras palabras, Santo Padre, que desde ya le agradecemos.

ELMA SÁIZ DELGADO, ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones

Santidad, permítame darle la bienvenida, en nombre del Gobierno de España, al centro de acogida Las Raíces, en La Laguna, un lugar que representa el compromiso de nuestro país con la dignidad humana y con la atención a quienes llegan a nuestras costas en circunstancias especialmente difíciles.

Hace poco más de cinco años, este antiguo cuartel militar se convirtió en un lugar de esperanza, donde la humanidad, la empatía y el respeto se convirtieron en la respuesta ante la adversidad. Santidad, permítame también compartir una convicción sencilla, pero profundamente humana: todos somos nuevos en algún lugar a lo largo de la vida, lo somos cuando nacemos, lo somos cuando cambiamos de ciudad, de trabajo o de comunidad, lo somos cuando formamos una familia y también lo son quienes cruzan fronteras buscando seguridad, dignidad o una oportunidad. Todos en algún momento hemos necesitado que alguien nos tendiera la mano para convertir lo desconocido en hogar.

España conoce bien esa experiencia, somos un país de emigrantes, un país con memoria y también un país de acogida. Millones de españoles tuvieron que marcharse en otros tiempos buscando trabajo, libertad o futuro y hoy millones de personas llegan a nuestra tierra con esa misma esperanza, aportar, trabajar, construir y formar parte. Su Santidad, León XIV, en este tiempo nuevo para la Iglesia y para el mundo, deseo trasladarle también el compromiso de España con una visión profundamente humana de la movilidad, inspirada en la dignidad inviolable de cada persona y en la convicción de que nadie debe ser definido únicamente por el lugar del que viene o por las circunstancias que le obligaron a partir.

Por eso, la política migratoria del Gobierno de España se sostiene sobre tres principios inseparables, humanidad, regularidad y convivencia. Humanidad, porque ninguna persona puede quedar reducida a una cifra o a una estadística. Regularidad, porque las fronteras y las normas deben gestionarse con responsabilidad y porque una situación administrativa regular constituye también una base esencial para la dignidad, la autonomía y la plena participación en la sociedad.

Y convivencia, porque integrar significa construir comunidad, derechos y responsabilidades compartidas. Santidad, en España hay un texto que millones de personas escuchan en momentos decisivos en sus vidas. Usted lo conoce bien, porque se lee cuando celebramos matrimonios.

Me refiero a la primera carta a los corintios, cuando San Pablo escribe, el amor es paciente, es servicial, el amor no tiene envidia, no hace alarde, no se envanece, y también nos recuerda que si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena. Esas palabras acompañan a quienes deciden unir sus vidas para emprender un proyecto común. Quizá podamos encontrar ahí una hermosa analogía para comprender mejor las migraciones y la convivencia entre pueblos, porque cuando una persona llega a un lugar y ese lugar la recibe, comienza también un proyecto común.

No es un vínculo instantáneo ni sencillo, como ocurre en cualquier relación humana, requiere tiempo, esfuerzo, responsabilidades compartidas y voluntad de entender al otro. Y como ocurre en los matrimonios, ese proyecto común solo puede sostenerse si se basa en el amor entendido como compromiso y en la generosidad entendida como reconocimiento mutuo. Quien llega tiene el deber de participar, de respetar y contribuir.

Quien acoge tiene la responsabilidad de abrir espacios de pertenencia y dignidad, porque acoger con amor es también hacer posible que cada persona saque lo mejor de sí misma, porque la integración no es la renuncia a quienes somos, es la construcción compartida de quienes queremos ser. España ha aprendido que una sociedad cohesionada no nace de levantar muros entre vecinos, sino de construir puentes entre personas. Que la diversidad bien gestionada fortalece nuestras economías, rejuvenece nuestras sociedades y amplía nuestros horizontes humanos.

Sabemos que persisten desafíos, la gestión de fronteras, la lucha contra las mafias que trafican con seres humanos o el combate contra los discursos de odio. Pero precisamente por eso necesitamos respuestas serenas, basadas en hechos, en valores y en cooperación internacional. Su santidad nos lo ha recordado muchas veces y más en estos días, que detrás de cada migrante hay un rostro, una historia y una esperanza.

Esa mirada humanista es hoy más necesaria que nunca. Las raíces es el testimonio vivo de que cada persona merece la oportunidad de comenzar de nuevo. Cada manta ofrecida, cada plato compartido y cada gesto de cercanía han ido tejiendo una red de solidaridad que deja una huella profunda, tanto en quienes encontraron y encuentran aquí un primer hogar al llegar a nuestro país, como en quienes dedican su esfuerzo diario a acompañarlos.

Hoy somos testigos de este compromiso colectivo, la colaboración entre administraciones públicas, entidades sociales y ciudadanía para convertir un paraje de eucaliptos en un referente de acogida y atención humanitaria. Porque al final todos hemos necesitado alguna vez ser acogidos, todos hemos sido extraños en algún lugar y todos aspiramos a algo profundamente sencillo, encontrar un sitio donde poder vivir, cuidar de los nuestros y sentir que formamos parte de algo mayor. Si asumimos esa verdad sencilla que hoy usted nos recuerda, podremos construir sociedades más fuertes, más justas y más humanas. Muchas gracias.

ERNESTO MATORAL, director del Centro «Las Raíces»

Santo Padre, autoridades, personas acogidas y trabajadoras de este centro. Es para nosotros un profundo honor hoy recibir su visita en el centro de primeras llegadas de Las Raíces en Tenerife. Su presencia aquí no sólo nos distingue, sino que también pone el foco sobre una realidad que día a día vivimos en este lugar. Este centro, abierto desde el año 2021, nació como respuesta a una realidad compleja que exige compromiso, solidaridad y responsabilidad.

Quiero resaltar el esfuerzo sostenido del Estado español, titular de este centro, como parte de su responsabilidad en la acogida y atención a las personas que llegan a nuestras costas canarias. Desde su apertura hemos acogido a más de 70.000 personas. Detrás de cada una de ellas hay una historia, un trayecto difícil y sobre todo una esperanza. Nuestra labor consiste en ofrecerles una primera acogida digna, humana y organizada en un momento especialmente difícil, inmediatamente a su llegada por mar.

Este trabajo no sería posible sin el equipo de personas que lo sostienen. Cerca de 600 personas trabajan en el centro, con una inmensa profesionalidad, vocación y compromiso con la dignidad de cada persona acogida. Su labor diaria convierte este espacio en algo más que un centro, lo convierte en un lugar de acogida real.

Las Raíces es, en esencia, un punto de encuentro, un espacio donde confluyen trayectorias vitales, complejas y donde ofrecemos, desde lo institucional y lo humano, una primera oportunidad. Santo Padre, su visita hoy supone un reconocimiento a todas estas realidades, a quienes llegan buscando un futuro mejor, al esfuerzo de las instituciones públicas y al compromiso de los profesionales que hacen posible este trabajo. En nombre de todo el centro, quiero darle las gracias por su presencia, por su cercanía y por el mensaje de esperanza que representa. Muchas gracias.

SAÚL, de Nigeria

Buenos días, me llamo Theodor, yo soy de Nigeria, soy uno de los migrantes. Leo. Su Santidad, gracias por recordar a los migrantes, a las familias que hemos dejado en nuestro país, y empezar una nueva vida igual que en casa. Muchas veces el camino es difícil hay miedo, tristeza, y también solidaridad. Pero sus palabras nos dan fuerza y esperanza para seguir adelante.

Nosotros venimos con sueños sencillos, trabajar, cuidar de la familia y vivir con dignidad, y sentimos que usted trata a las personas migrantes con respeto y con cariño. Gracias por recordar al mundo que todos somos personas, que todos necesitamos amor, paz y oportunidades. Hoy queremos decirle con mucho respeto que rezamos por usted y que agradecemos su corazón cercano. Que Dios lo bendiga siempre. Gracias.

BOUSSO DIOUF mujer africana

ENCUENTRO DE LEÓN XIV CON los MIGRANTES DEL CENTRO «LAS RAÍCES». S. Cristóbal de La Laguna, Tenerife.Buenos días a todos y todas. Santo Padre, gracias por estar hoy aquí, en esta tierra que para muchos de nosotros ha significado… [se emociona y vuelve a empezar]. Santo Padre, gracias por estar hoy aquí, en esta tierra que para muchos de nosotros han significado el primer lugar de esperanza, después de un largo camino de sufrimiento.

Hoy hablo ante usted, no sólo en mi nombre, sino en nombre de muchas personas inmigrantes que han dejado atrás su hogar, su familia y su vida buscando seguridad, paz y dignidad. Venimos de países donde la pobreza, la persecución y la falta de oportunidades nos obligaron a partir, nadie abandona su tierra, su familia y sus raíces por voluntad propia cuando puedo vivir en paz. Dejamos atrás nuestros recuerdos, nuestros seres queridos y una parte de nuestro corazón con la esperanza de encontrar una vida mejor.

Pero el camino hasta llegar aquí no fue fácil, el trayecto estuvo lleno de miedo, dolor e incertidumbre, cruzar rutas peligrosas, especialmente el Océano Atlántico hacia Canarias, significa enfrentarse al hambre, al frío, a la desesperación y muchas veces a la muerte. Muchos hermanos y hermanas perdieron la vida en el mar y otros siguen sufriendo en silencio, víctimas de mafias que se aprovechan de la necesidad y del sufrimiento humano. Hoy desde esta tierra de acogida, Canarias, queremos elevar una petición sencilla pero profundamente humana dignidad, pedimos que las fronteras no se conviertan en muros de indiferencia, que no se nos mire sólo como inmigrantes, números o documentos sino como personas con historia, con sueños, con familias y con esperanza, nuestra humanidad debe estar siempre por encima de cualquier condición legal.

También queremos expresar nuestro agradecimiento, gracias a la iglesia, a las comunidades de acogida, a las organizaciones y a todas las personas solidarias que nos dieron la mano cuando llegamos con cansancio e incertidumbre. Gracias por ofrecernos refugio, escucha y una oportunidad para reconstruir nuestras vidas. Santo Padre, su presencia en Canarias representa una luz para quienes muchas veces no tenemos voz, le pedimos que recé por quienes perdieron la vida en el mar, por quienes a un través de mares y fronteras buscando seguridad y por quienes luchamos cada día por construir un futuro digno y paz con esperanza.

No pedimos privilegios, no pedimos compasión, pedimos respeto, humanidad y la oportunidad de vivir con dignidad. Muchas gracias.

INTERVENCIÓN DEL PAPA

ENCUENTRO DE LEÓN XIV CON los MIGRANTES DEL CENTRO «LAS RAÍCES». S. Cristóbal de La Laguna, Tenerife.

[el Papa hace casi toda su alocución en francés e inglés; aquí aportamos la traducción oficial de vaticano, pero faltan partes del inicio que, por lo que sea, no ha recogido la traducción]

Agradezco las sentidas palabras que me ha dirigido la Sra. Ministra, así como el Director de este Centro.

Hoy en la Iglesia celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que es para los cristianos el amor misericordioso e infinito de Dios por cada ser humano. En este marco, es providencial que podamos encontrarnos, vernos y sobre todo saber que, más allá de nuestro lugar de proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad.

Viendo sus rostros, escuchando sus testimonios, pienso también en sus corazones, heridos por tantas dificultades y también consolados por el amor recibido gracias a otros corazones abiertos, generosos y misericordiosos. El Corazón de Cristo sufrió y fue traspasado por amor, y también fue confortado por personas compasivas que se acercaron a aliviar su dolor.

Jesús, para explicar la universalidad del amor, puso como ejemplo el acto de servicio de un hombre de otro pueblo y de otra religión que se compadeció del herido y maltratado (cf. Lc 10,25-37). Motivados por ese amor de Dios, que nos ayuda a sanar las heridas y a ser caritativos con los que sufren, el santo Hermano Pedro y san José de Anchieta partieron desde estas tierras canarias para anunciar el Evangelio en América, abriendo nuevos horizontes misioneros. Ellos también fueron migrantes que se dirigieron hacia lo desconocido, llevando como principal equipaje la fe, la esperanza y la caridad.

En aquellas desconocidas tierras, los santos migrantes y misioneros supieron dar de lo que tenían y asimismo acoger lo nuevo que se les ofrecía. Les invito también a ustedes a ofrecer el tesoro de humanidad, de sueños y de cultura que han traído a estas islas, y a estar abiertos a recibir aquello que se les brinda. Este intercambio hemos de vivirlo también con responsabilidad, pensando en el futuro de las generaciones venideras, a quienes queremos legar el patrimonio de una civilización del amor, y donde las migraciones tienen una palabra importante que decir, porque «pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos» (Magnifica humanitas, 81).

Queridos hermanos y hermanas, todos —de algún modo— somos migrantes, todos somos peregrinos en camino a la patria celestial. Ayudémonos a hacer de esta travesía un lugar más humano para todos, aportando lo que esté al alcance de cada uno. En este sentido, agradezco la colaboración por parte del Gobierno, de las diversas instituciones y de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que hacen posible esta ayuda humanitaria concreta, que devuelve la esperanza y dignifica a tantas personas.

Me ha llamado la atención el nombre de este Centro de acogida, que se denomina “Las Raíces”. A mi Predecesor, el querido Papa Francisco, que tanto anheló poder estar con ustedes, le gustaba utilizar la imagen de las raíces para indicar la necesidad de no olvidar los orígenes, de permanecer unidos y de confiar en el Señor. «Porque el que confía en el Señor “es como un árbol plantado al borde de las aguas, que echa sus raíces en la corriente. No temerá cuando llegue el calor y su follaje estará frondoso” (Jr 17,8)» (Christus vivit, 133). Que esta imagen de las raíces también les ayude a ustedes a estar firmemente arraigados en el Señor (cf. Col 2,7), para que ninguna tormenta pueda alejarlos de su presencia, que fortalece y da vida.

Queridos amigos, les llevo en mi corazón y en el recuerdo de mis oraciones. Que Dios les bendiga, que bendiga a sus familias y a todos los que les hacen el bien. Y que la Bienaventurada Virgen María, Consuelo de los migrantes, les acompañe y auxilie siempre con su protección maternal.

Muchas gracias.

HOMILÍA DE LA MISA EN EL PUERTO DE TENERIFE

León XIV. Migrantes. Eucaristía en el Puerto de Tenerife 01

Queridos hermanos y hermanas:

Es una gracia encontrarnos en el día en que el Corazón de Jesús se deja contemplar por nosotros como el corazón de la historia. Me alegra celebrar con ustedes la Eucaristía, dando gracias por la fe y la caridad de las que he recibido tantos testimonios en este viaje apostólico y que hacen también a este archipiélago, tan conocido por su belleza y su acogida, un lugar donde el Señor Resucitado nos precede y se manifiesta. Frente a nosotros el mar evoca el infinito, y así lo hace también el cielo; pero infinito es sobre todo el deseo que une el corazón de Dios a tantos corazones humanos, cuyas alegrías y esperanzas, tristezas y angustias encuentran eco en el corazón de la Iglesia (cf. Gaudium et spes, 1). Ningún ser humano es una isla; la ubicación geográfica de esta diócesis y los desafíos pastorales que la comprometen atestiguan que hemos nacido para el encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje. Sea permaneciendo durante una vida entera en el mismo lugar, sea eligiendo o estando obligados a partir, nadie permanece nunca quieto. Este es el secreto del corazón: la llamada íntima al éxodo y al encuentro.

Pero el Corazón de Jesús nos revela cómo no perdernos en un dinamismo estéril: «Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4,9). Hay vida cuando se da vida. De otro modo, se gira en el vacío. En efecto, «como recuerda el Concilio, el ser humano está llamado a la comunión con Dios y “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo”; su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido» (Magnifica humanitas, 48). El Papa Francisco observaba: «Muchas personas experimentan un profundo desequilibrio que las mueve a hacer las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor. Esto tiene un impacto en el modo como se trata al ambiente» (Laudato si’, 225). Son palabras que interpelan también la vocación turística de Tenerife, sea respecto al corazón del que decide pasar aquí un período de vacaciones, sea para el que vive y trabaja en la isla, en contacto con visitantes de tantos países del mundo. ¿Qué busca el corazón humano? ¿Cómo responder a su sed de manera no engañosa? Qué importante es, especialmente para quien se deja orientar por el Evangelio, no reducir todo a comercio y beneficio. «Quienes disfrutan más y viven mejor cada momento son los que dejan de picotear aquí y allá, buscando siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada cosa, aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple. Así son capaces de disminuir las necesidades insatisfechas y reducen el cansancio y la obsesión» (ibíd., 223). Interpreten así, queridos hermanos y hermanas, su vocación a la acogida.

El Evangelio, hoy, parece radicalizar este reto y nos recuerda la riqueza de los pobres: una paradoja que remite directamente a la vida de Jesús, a su verdad, al camino en el que continúa pidiéndonos que lo sigamos. En la página que hemos escuchado, bendice al Padre por esto: es a los pequeños —que en el contexto significa a los mínimos, a los que nadie estima capaz de pensamiento y de palabra— a los que Dios se ha revelado a sí mismo. Los ha enriquecido de aquello que permanece escondido a quienes están rodeados de admiración y de éxito. Con la Exhortación apostólica Dilexi te quise prestar atención a ese lugar privilegiado de los pobres en la Revelación divina y en la misión de la Iglesia.

Es un misterio que resuena de modo totalmente específico en estas islas, en el centro de rutas migratorias que lo hacen lugar de primera acogida de hermanos y hermanas cuyo viaje está generalmente expuesto a peligros y violencias inenarrables. Frente a quien especula con la desesperación, como cristianos no sólo podemos ofrecer un reflejo del Señor que dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). La gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos, que reconozcamos la misteriosa sabiduría de Dios escrita en su misma carne: «Crecidos en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón. Aquellos entre nosotros que no han experimentado situaciones similares, de una vida vivida en el límite, seguramente tienen mucho que recibir de esa fuente de sabiduría que constituye la experiencia de los pobres. Sólo comparando nuestras quejas con sus sufrimientos y privaciones, es posible recibir un reproche que nos invite a simplificar nuestra vida» (Dilexi te, 102). El Señor, que reprende y corrige a los que ama (cf. Ap 3,19), desea hacer sencilla y alegre nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, gracias por lo que son, gracias por lo que hacen, convirtiendo a esta isla en un lugar donde encontrar al corazón de Cristo en el rostro amigo y hospitalario de personas y comunidades fraternas. «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16): que esta confesión de fe transmitida por la Primera carta del apóstol Juan resplandezca siempre en ustedes, y les motive a la oración y a la acción. Presten atención a los adolescentes y a los jóvenes, a los ricos y a los pobres, a los residentes y a los huéspedes: todos ellos necesitan ser conocidos con una mirada que ve más allá de las apariencias y reconoce la profundidad de sus corazones inquietos, que no pocas veces ya está orientado, quizás inconscientemente, hacia el Reino de Dios y su justicia. Que se respire entre ustedes que «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Este es el corazón del Evangelio, el corazón de Cristo. Quien se sumerge en él ya no vive para sí mismo. ¡Abran a todos este mar de amor! Es mi deseo y mi oración para ustedes y para todos aquellos que encuentren en su camino.


Agradecimiento al final de la Santa Misa

Excelencia, le doy las gracias de todo corazón y, con usted, a todo el pueblo de Tenerife, a sus pastores y a las Autoridades civiles.

Queridos hermanos y hermanas, con esta celebración eucarística concluye mi viaje apostólico a España. Doy gracias a Dios y a todos los que me han acogido y que, de mil maneras, han colaborado en la preparación y la realización de los distintos momentos en Madrid, Barcelona y Montserrat, y aquí, en las Islas Canarias.

Regreso a Roma conmovido por el gran afecto con el que me han recibido, y reconfortado por los testimonios de fe y de amor a la Iglesia, expresiones del gran corazón católico de España.

Desde este puerto, que lleva el nombre de la Santa Cruz, mi pensamiento se extiende al mundo entero y a sus heridas, que hacen sufrir a pueblos enteros. A todos quisiera repetirles el lema de este viaje: «¡Alzad la mirada!». Sí, dirijamos la mirada a Cristo Crucificado; su Corazón es la fuente de la misericordia, la única que puede salvar a la humanidad necesitada de perdón y de reconciliación para alcanzar una paz verdadera y duradera. ¡Levantemos la mirada como lo hizo María, la Madre de todos los que sufren, y guiados por ella retomemos el camino con esperanza!

¡Queridos hermanos y hermanas! ¡Gracias de corazón! Permanezcamos unidos en la oración y en la comunión en Cristo y en la santa Iglesia.

LEÓN XIV en el PUERTO DE ARGUINEGUÍN

LEÓN XIV EN EL PUERTO DE ARGUINEGUÍN
ENCUENTRO CON LAS REALIDADES DE ACOGIDA DE MIGRANTES
En el texto incluimos las intervenciones de varias personas antes de la del papa –

(la llegada del papa empieza en el vídeo en 00:19:27)

DON JOSÉ MAZUELOS, obispo de la diócesis de Canarias

Santo Padre: hoy le recibimos en este puerto de Arguineguín, un lugar que el mundo ha llegado a conocer no solo por su belleza, sino también por el dolor y la esperanza que aquí se entrelazan. Este muelle, al que muchos han llamado puerto de la vergüenza, ha sido testigo de la llegada de miles de personas que huyen del hambre de la guerra, y de la desesperación de hombres, mujeres y niños que, siguiendo la llamada ruta atlántica, una de las más peligrosas del mundo, han llegado principalmente desde Senegal, Mauritania, Gambia, Mali y Marruecos, realizando travesías que pueden superar los 1.600 kilómetros. Las condiciones del viaje, la precariedad de las embarcaciones y la ausencia de medios de rescate en alta mar generan un número elevado de víctimas, muchas de ellas invisibilizadas. Arriesgando todo buscan simplemente vivir con dignidad.

La migración revela heridas profundas del mundo contemporáneo: desigualdad, violencia, pobreza, falta de oportunidades… Pero también abre caminos nuevos de encuentro, solidaridad y fraternidad. Su presencia su aquí, santo padre, no es un gesto más, es una luz, es un recordatorio de que nadie es invisible, de que cada vida cuenta, y de que la indiferencia no puede ser nunca la respuesta. Este lugar que ha cargado con el peso del sufrimiento puede también transformarse en símbolo de acogida de justicia y de humanidad. Y hoy con su visita damos un paso hacia esa transformación. Cada migrante es un rostro concreto, no un número. La dignidad humana es anterior a cualquier legislación y la vulnerabilidad no disminuye la dignidad, sino que exige mayor protección.

Esta perspectiva humanizadora permite a la iglesia ofrecer una mirada ética que prioriza a la persona sobre cualquier interés, y le lleva a reconocer a los que yo llamo ángeles de la guarda de las personas migrantes, representados hoy aquí en tantas entidades de las que me gustaría señalar a Salvamento Marítimo, Policía Nacional, Guardia Civil, Cruz Roja, Cáritas y todas las realidades eclesiales que están en primera línea de acogida y atención. Y, cómo no, a todos los pescadores canarios representados en la cofradía de pescadores de Arguineguín.

Le pedimos que nos ayude a mirar con compasión, a actuar con valentía y a construir una sociedad donde ninguna persona sea tratada como un problema, sino con como un hermano o una hermana. Bienvenido, santo padre, a este rincón del mundo donde el dolor y la esperanza conviven, y donde su mensaje puede sembrar futuro. Muchas gracias, Santo Padre.

León XIV y los migrantes. Puerto de Arguineguín.

[conductora del acto]

En este lugar donde tantas historias han comenzado o se han detenido, queremos ahora escuchar algunas voces que no hablan desde las ideas, sino desde la vida. Voces que nos acercan a la realidad concreta de quienes llegan, de quienes salvan, de quienes acogen y de quienes desde distintos caminos buscan un futuro digno en estos momentos. Vamos a escuchar dos testimonios, escucharemos a quienes velan por la vida en el mar y a quienes acompañan con entrega desde la caridad de la iglesia. Que sus palabras nos ayuden a mirar con verdad, a sentir con compasión y a responder con responsabilidad.

TITO VILLARMEA, capitán de salvamento marítimo en la Guardamar Urania

Soy Tito Villarmea capitán de Salvamento Marítimo en la Guardamar Urania, un nombre que evoca lo celestial, y así me siento yo, aunque no he dormido. No he dormido desde que supe de su visita a estas Islas Canarias que tanto quiero. Llevo 18 años en Salvamento Marítimo ,un organismo público dedicado a salvar vidas en la mar. Estoy acostumbrado a la tensión: naufragios, noches oscuras, voces que esperan la llegada de nuestras embarcaciones naranjas…

Pero hoy el nerviosismo es distinto, porque no creo que nadie esté preparado para hablar ante un papa. Pienso mucho en mis abuelos gallegos. Apenas salieron una vez de su pueblo, viajaron durante casi 20 horas para visitar a Juan Pablo II en Fátima. Yo tenía nueve años y nunca olvidaré sus rostros.

Hoy estoy aquí convencido de que ellos y mis compañeros de Salvamento Marítimo se lo merecen. Durante estos años, junto a mi equipo habré rescatado en la mar a más de 20.000 personas. Es una cifra que duele, que no se olvida. Todos conocemos la imagen de Canarias de día, pero de noche es otra realidad: mar brava, oscuridad absoluta y embarcaciones frágiles cargadas de vidas. Nunca olvidaré a una madre que viajaba en una patera con su hijo. Había heridos, cuerpos sin vida… Ya a salvo y a bordo, la mujer se acercó al niño de unos 14 años, le quitó el gorro y la cazadora, y sacó unos pendientes dorados, se los colocó emocionada. Era una niña. Lloró ella y lloré yo, porque soy padre de dos adolescentes y podrían ser mis hijas.

En cada rescate vemos a una persona cuya vida depende directamente de nosotros. La mar forma parte de mi historia familiar. Mi bisabuelo murió en ella, mi padre y mi abuelo pescadores tuvieron que ser rescatados mientras faenaban, yo continúo su tradición, pero salvando vidas. Estas palabras representen a los más de 1.600 profesionales de Salvamento Marítimo que cuidan la vida en la mar, yo solo soy uno de ellos.

Quiero terminar con un mensaje de esperanza. Ojalá nunca más tuviéramos que rescatar a ninguna persona. Trabajemos como sociedad para que este drama disminuya, y construyamos un mundo más justo. Mientras ese día llega, desde Salvamento Marítimo seguiremos dándolo todo por cada uno, por cada vida que necesite de nuestra ayuda en la mar. Muchas gracias.

MARÍA REYES ALEMÁN CRUZ, voluntaria de Cáritas diocesana de Canarias y Responsable de la parroquia de San Juan Apóstol y Evangelista

Bienvenido, Santo Padre a estas Islas Canarias.

Todas las personas que hoy estamos aquí guardamos en la memoria las experiencias vividas con la llegada de personas migrantes al muelle de Arguineguín y a otras islas a través de la ruta atlántica. Vuelven a nosotros los rostros, los nombres, y las historias de hombres y mujeres a quienes acompañamos desde las Cáritas parroquiales, comenzando por la acogida más básica. Ver su llegada por televisión nos interpelaba profundamente. Más allá del cansancio visible en sus cuerpos, nos impactaba la mezcla de incertidumbre y esperanza que traían consigo, Nos dolía su drama humanom y sentíamos que no alcanzábamos a comprender toda la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Cuando empezaron a llegar a las parroquias, la sensación de desbordamiento fue inevitable. La impotencia nos pesaba, los recursos eran escasos, no conocíamos su lengua, y muchas veces sólo podíamos ofrecer galletas, leche y un poco de atención. Esa limitación nos confrontaba y nos hacía cuestionar nuestra capacidad real para acompañar a todas las personas que lo necesitaban. Sin embargo, lo que más nos marcó fue la comunión vivida con el voluntariado de la zona, las comunidades parroquiales y el apoyo de los servicios generales de Cáritas diocesanas. Compartir nuestra propia desesperanza nos permitió descubrir lo que significa caminar juntos, coordinarnos. Al compartir lo poco que teníamos y acompañar desde la sencillez y la fragilidad, aprendimos que no se trataba de resolverlo todo sino de estar presente, escuchar, ofrecer gestos de cercanía -unas zapatillas. un abrigo. un café o ayudar a conseguir la documentación necesaria- era ya un modo de acompañar. Descubrimos que los pequeños gestos, una sonrisa o una mirada, puedem transmitir esperanza y hacer que alguien se sienta acogido incluso sin compartir el idioma.

La ayuda recibida de personas y de otras delegaciones pastorales fue un alivio, pero también nos hizo conscientes de que no siempre había la misma empatía en todos los entornos. Aun así, aprendimos a mirar más allá del miedo y de los discursos de deshumanización, respondiendo desde la fe y la fraternidad. Esta experiencia nos transformó profundamente. La esperanza dejó de ser una idea abstracta y tomó rostro. Tanto de quien llega como el de quien acompaña comprendimos que cada persona tiene un valor inmenso y que ser voluntaria es construir esperanza en lo cotidiano, acompañando incluso cuando no tenemos todas las respuestas ni todos los recursos.

La experiencia de Arguineguín nos confirmó que, incluso en los momentos más difíciles, el evangelio sigue vivo. Cuando nos atrevemos a construir fraternidad, cada persona que llega no es un problema que resolver sino una historia que abrazar y acompañar.

Gracias. Santidad.

[conductora del acto]

Santo Padre. A continuación, escucharemos el testimonio de una víctima de trata que hoy, por razones de seguridad, no puede estar entre nosotros. Le dará voz una voluntaria. También contamos con la presencia de una persona migrante que, desde Latinoamérica, también emprendió el camino con esperanza. Que sus palabras nos interpelen en la construcción de la fraternidad y la hospitalidad.

VÍCTIMA DE TRATA (lee el testimonio una voluntaria, la persona -Ayú Blessing- no ha podido acudir al acto)

Es un honor y una alegría inmensa compartir este testimonio ante ustedes hoy. No soy yo quién debería estar aquí. Leeré en su nombre el testimonio de una mujer víctima de trata, que por razones de seguridad no puede estar presente.

Me llamo Ayú, soy de Nigeria, vengo de una familia de ocho hermanos, y desde muy pequeña aprendí lo que significa luchar cada día solo para vivir o sobrevivir, No me fui de mi país porque quisiera. me fui porque no había otra salida. Alimentos era casi imposible.

A los 14 años ya estaba sola frente a la vida, buscando cómo seguir adelante, una lucha que no ha terminado. Con 22 años tomé la decisión más difícil de mi vida, dejar Nigeria, dejar a mis dos hijas, que entonces tenían 4 y 2 años, porque quería darle un futuro mejor. porque quería que ellas no vivieran lo que yo había vivido. La mafia me llevó a un lugar donde me hicieron el yuyú, me dijeron que tenía un adeuda de 25 mil euros que debía pagar cuando llegara a Europa. Así empezó mi cautiverio. Espere seis meses para poder salir, Seis meses sin apenas comer, sin poder bañarme durante semanas, viviendo en condiciones que no deseo a nadie. Y cuando llegó el momento de cruzar el mar vi cómo las personas que salieron antes que nosotros ese mismo día murieron ahogadas. Tuve que elegir vivir sufriendo o cruzar, o morir intentándolo o quedarse y no tener nada.

Elegí cruzar. Gracias a dios la patera en la que viajé llegó, pero el sufrimiento no terminó ahí. Durante el viaje quedé embarazada de un hombre de la mafia. Al llegar a España me quitaron a mi bebé para obligarme a prostituirme. Me trataron muy mal, me separaron de mi hijo, tenía 11 meses cuando la policía… [se emociona y tiene que parar, mientras los asistentes aplauden], Cuando la policía me detuvieron, no tenía prisa, y por fin pude tenerlo conmigo.

Desde entonces con la ayuda de la iglesia a través de los trabajadores sociales, la vida ha empezado a cambiar poco a poco. No ha sido fácil y hay días que la esperanza se hace muy pequeña, pero he aprendido a creer en mí misma de nuevo. He aprendido que puedo lograrlo. Agradezco el encontrar a estas personas que hoy se encuentran aquí, porque me tendieron la mano cuando más lo necesitaba, y quiero agradecer de corazón la oportunidad de contar mi historia hoy, aquí, ante ustedes. Rezo para que Dios los bendiga y les dé fuerza para seguir ayudando a otras mujeres como yo. Muchas gracias.

MARÍA FERNANDA LÓPEZ MESA, latinoamericana que, hoy en día, es empresaria

Santo Padre, me llamo María Fernanda López Mesa, tengo 55 años, y cuando miro hacia atrás veo un camino lleno de dificultades, aprendizajes, y oportunidades que jamás imaginé.

Cuando llegué a Las Palmas de Gran Canaria en 1997, llegué con una maleta cargada de sueños, pero también con el peso de haber dejado atrás mi familia mis amigos y mi país. Como muchas personas que emigramos, llegué buscando una oportunidad sin saber realmente lo que me esperaba. Los primeros tiempos fueron muy duros, hubo noches en las que no tuve un techo donde dormir, me tocó pasar frío y miedo en la calle. Fueron momentos que pusieron a prueba mi resistencia y dignidad y mi esperanza, pero incluso en esos días oscuros nunca dejé de creer que podía salir adelante si encontraba una oportunidad y trabajaba con honestidad.

Esa primera oportunidad llegó en un bazar, fue un trabajo humilde, pero que significó para mí mucho más que un sueldo. Fue el comienzo de una nueva etapa. Después trabajé en un restaurante donde aprendí disciplina, trato con las personas y la importancia de un esfuerzo diario. Cada experiencia me iba formando no sólo como trabajadora, sino como persona. En el 2002 llegó el punto de inflexión en mi vida, me dieron la oportunidad de trabajar en una empresa de reformas y allí empecé y permanecí durante 20 años. Fueron dos décadas de aprendizaje constante, de observar, equivocarme, y mejorar, de adquirir cada conocimiento que hoy forma parte de lo que soy profesionalmente. En el 2014 conocí a mi pareja, que desde entonces me ha acompañado y me ha apoyado en cada proyecto, en cada meta, y en cada decisión importante. Su apoyo ha sido fundamental en el camino que recorrí hasta poder dar el paso siguiente: hace aproximadamente cuatro años, con todo lo aprendido y con mucha ilusión decidí montar mi propia empresa de reformas y construcción, Fermeza Soluciones Integrales SL. No ha sido un salto fácil, pero llena de confianza en lo que sabía hacer gracias a las personas que confiaron en mí y me dieron su apoyo y sus primeros proyectos, he podido cumplir un sueño que parecía imposible cuando dormía en la calle.

Junto a Fran hemos logrado consolidar la empresa que tenemos, y seguimos creciendo con esfuerzo y dedicación. Actualmente contamos con un equipo de seis empleados, lo que representa para mí no sólo crecimiento empresarial, sino la satisfacción de poder generar trabajo y oportunidades para otras personas. Quiero agradecer profundamente a esta ciudad que me acogió y me permitió crecer también. Quiero dar esperanza a quienes están pasando por momentos difíciles. especialmente a quienes han tenido que dejar su país y su familia. Se puede salir adelante con trabajo. respeto. y gratitud hacia este lugar que nos abre las puertas. Y ojalá las gestiones y trámites para quienes llegan sean cada vez más humanos y ágiles. Gracias, Gran Canaria, por tanto.

[conductora del acto]

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INTERVENCIÓN DEL PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas:

Acabamos de escuchar una de las páginas más exigentes del Evangelio. Sabemos que este mismo capítulo hace también una advertencia que ningún creyente puede tomar a la ligera (Mt 25,41-45). Hoy, junto al mar, la Palabra se vuelve concreta: aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad. Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega. Nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre, la violencia, después del desierto, de la noche y del mar.

Como pueden ver, llevo en mi mano el anillo, que se llama «del Pescador». Su nombre mismo nos conduce al lago de Galilea, donde Cristo llamó a Pedro y le dijo: «Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10). La Iglesia ha leído ese versículo como imagen de su misión. Pero aquí y en lugares como en El Hierro, ese mandato adquiere una fuerza literal y dolorosa. Esa isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas. Por eso, el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche.

En el lenguaje bíblico, el mar puede ser imagen de amenaza, oscuridad y caos. Allí aparecen el Leviatán, figura de la fuerza que devora, y Rahab, nombre que evoca la soberbia de los poderes que se levantan contra Dios y contra la vida (cf. Sal 74,13-14; 89,10-11; Is 27,1; 51,9; Jb 26,12). También hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido.

Pero la fe no se queda paralizada ante el poder del mar. Creemos en un Dios que somete el caos, pone límite al mal y abre un camino cuando parece imponerse la muerte. Así lo experimentó el pueblo de Israel, al atravesar el Mar Rojo para salir de la esclavitud y caminar hacia la libertad (cf. Ex 14,21-31). Y así lo contemplamos en Cristo, que camina sobre las aguas y, ante la tormenta, pronuncia una palabra soberana: «¡Calla, enmudece!» (Mc 4,39; cf. Mt 14,25-27). Esa voz sigue resonando contra las fuerzas que devoran, esclavizan y descartan a tantos hermanos nuestros. Ahí donde Cristo manda callar al mar, la Iglesia no puede permanecer muda ante quienes son abandonados a sus aguas.

Gracias por los testimonios, por recordarnos lo que significa salvar vidas. A María, gracias por recordarnos lo que Cáritas, las parroquias y tantas personas hacen a diario. Sus palabras nos muestran dónde comienza la conversión de la mirada: cuando el migrante deja de ser “uno más”, deja de ser una categoría y una cifra. Sólo entonces comprendemos que esa niña podría ser nuestra hija, esos rostros parte de nuestra familia; y entonces, la conciencia se queda sin excusas. La misericordia comienza con gestos pequeños: a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche; otras, con cinco panes y dos peces (cf. Mt 14,17-21). No se trata de resolverlo todo, sino de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre, donde los recursos no bastan y no hay un idioma común, pero donde aún pueden hablar los gestos. Gracias de corazón a cuantos se suman a los rescates, a la acogida y al acompañamiento, dando testimonio de que la misericordia concreta puede salvar y puede cambiar vidas.

Querida Blessing, aunque no estás aquí hoy, tu voz sí. Gracias por compartirnos tu historia. Tu nombre significa bendición, y nos recuerda que cada vida humana es una bendición de Dios. Nadie puede comprarla, venderla, usarla o descartarla, porque en cada persona resplandece la imagen y semejanza del Creador (cf. Gn 1,27). Nos has dicho que te fuiste de tu país no porque quisieras, sino porque no había otra opción. En tus palabras escuchamos el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos.

Quisiera que este mensaje llegue hasta ti y a tantas mujeres víctimas de la trata y la explotación: si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable. Si quisieron encerrarte en un pasado de dolor, Dios sigue pronunciando sobre ti una promesa de futuro. Si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija, hermana, eres bendición. Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte. Y nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor.

Queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo o de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son “cantos de sirenas”, son industrias de muerte.

Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante.

Y también la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso (cf. Lc 10,31-32).

Desde esta isla, quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas —autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales—, y también a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?

La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra. Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera.

Que el Dios que “en el ocaso de la vida nos juzgará sobre el amor” (cf. S. Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57) nos conceda reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera. Que Nuestra Señora del Carmen acompañe a quienes han llegado, consuele a quienes han perdido a sus seres queridos, sostenga a quienes los acogen y despierte en todos nosotros la valentía de la misericordia.

Y que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros. Muchas gracias.

León XIV y los migrantes. Puerto de Arguineguín.

4 DOCUMENTOS SOBRE LA REALIDAD MIGRATORIA en RUTA ATLÁNTICA y FRONTERA SUR

4 DOCUMENTOS SOBRE LA REALIDAD MIGRATORIA EN LA RUTA ATLÁNTICA Y EN LA FRONTERA SUR

[Imagen de El Orden Mundial]

Rutas migratorias desde África hacia España. El Orden Mundial.
«Dos mares, un rumbo. Acompañar, servir y defender en la Frontera Sur: vocación y misión eclesial».  Cuaderno del Servicio Jesuita a Migrantes España que analiza las dinámicas migratorias hacia España a través de las rutas atlántica y mediterránea occidental, y la labor de observación de derechos de las personas migrantes. El informe se centra, así, en la evolución de las cifras, y las analiza y presenta teniendo en cuenta los patrones meteorológicos influyentes en las condiciones para la navegación, los acontecimientos en los principales países de origen y las políticas europeas para implicar a terceros Estados en el control de los movimientos migratorios.

Nota de prensa de la Red eclesial de Hospitalidad Atlántica: «No podemos acostumbrarnos al sufrimiento: la Iglesia refuerza su compromiso con las personas migrantes en la Ruta Atlántica».

«La migración en Canarias: el drama de la Ruta Atlántica«. Obispos de Canarias y Cáritas Canarias. Vídeo y texto e imágenes presentando la realidad inmigratoria en las islas.

«Monitoreo del Derecho a la Vida en la Frontera Occidental Euroafricana. Enero-Mayo 2026«. Informe de «caMinando Fronteras».

 

Rufino Gª Antón – «PAZ Y MIGRACIÓN»

PAZ Y MIGRACIÓN
(Por una cultura de paz)
Rufino García Antón,
delegado Episcopal de Pastoral de la Movilidad Humana (Migraciones) de la diócesis de Madrid

[Charla en la Parrq. de Nuestra Señora, Reina del Cielo (Madrid) el 22.5.26]

ÍNDICE (pulsa en cada ítem en rojo para ir a él)

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0. Saludo agradecido e introducción

Palabras y paloma de paz.Muchas gracias a la Fundación Uyamá Asunción por invitarme a participar en estas interesantes y sugerentes Jornadas cuyo lema, “Por una cultura de paz”, me parece sumamente actual e importante. Creo que todo el empeño que pongamos en impulsar esta cultura de la paz no dejará de ser beneficioso para la relación entre las personas, para la sociedad española y para la humanidad. Vivimos tiempos duros y difíciles en los que las guerras no son una amenaza, sino una realidad presente en muchas partes del mundo con las consecuencias dramáticas que tienen para las personas que son víctimas inocentes de las mismas, para los países que sufren sus devastadoras consecuencias y para la humanidad entera. El Papa León XIV, cuya visita recibiremos próximamente, no se cansa de repetir una y otra vez que es necesario construir “una paz desarmada y desarmante”;  lo dijo nada más aparecer en el balcón de San Pedro el día de su elección y lo sigue diciendo una y otra vez. Construir esa paz desarmada y desarmante” es tanto como decir “construir una cultura de paz”. Y, en este desafío, poner en el foco la realidad de la migración me parece muy acertado. Me referiré con frecuencia a lo largo de esta reflexión a actitudes como el diálogo, el encuentro, la acogida, la hospitalidad, etc. que tienen que ver tanto con la construcción de la paz como con el papel fundamental que juegan en ella la acogida, la protección, la promoción y la integración de las personas migrantes. Paz y Migración se constituyen así en un binomio complementario y hasta yo diría más: inseparablemente unido. Creo que no podemos hablar hoy de paz sin referirnos a la necesaria atención que debe prestarse al fenómeno migratorio y sus causas, las guerras entre las más importantes y, en positivo, al papel que las personas migrantes juegan en la construcción de la paz.

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1. Una mirada a la realidad

Como señalaba hace un momento, las guerras son una de las causas que están en el origen de muchos desplazamientos forzosos. ¡Cuántas personas se ven obligadas a salir de sus países a consecuencia de las guerras! Como señala la Doctrina Social de la Iglesia, junto al derecho a emigrar está el derecho a no emigrar (ver por ejemplo, el documento sobre «El derecho a no tener que emigrar»). Pocas personas salen de sus países por gusto para ir a otros países (los turistas, los deportistas de élite, etc). En cambio, son muchísimas las personas que se ven obligadas a hacerlo, arriesgando sus vidas, porque en sus países no encuentran los medios necesarios para vivir dignamente o porque desean una vida mejor para las familias que quedan allí. Cualquiera lo haríamos en su lugar. Por eso, duelen mucho los discursos de odio, nada pacíficos, por cierto, que identifican a las personas inmigrantes como delincuentes y promueven su rechazo, su exclusión y su expulsión. ¡Ojo y atención a que estas actitudes racistas y xenófobas no se nos cuelen también en las comunidades cristianas y en la Iglesia! No son nada evangélicas.

En positivo, hay que destacar la contribución al enriquecimiento en todos los sentidos que las personas migrantes aportan a la sociedad y a la Iglesia. Su presencia en los países que los acogen y en la Iglesia que les abre sus puertas es una riqueza inestimable y seguramente no suficientemente reconocida y valorada. En lo que se refiere a su contribución a la paz, que es el tema que nos ocupa, hay un factor muy relevante y destacable: la diversidad, cuya riqueza celebraremos el próximo domingo en la solemnidad de Pentecostés, contribuye al fortalecimiento de todo el cuerpo y de sus diferentes miembros. Y la Paz en la diversidad es un don del Espíritu Santo.

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2. Algunos textos bíblicos

Los textos bíblicos que propongo a continuación para reflexionar no son, en sentido estricto, textos que aludan al binomio paz-migración literalmente. Pero como todo está relacionado, en la medida en que son textos que hablan de acogida, de encuentro, de amor concreto al prójimo, etc. considero que esas actitudes que ahí se reflejan son portadoras de paz para las personas o personajes que aparecen en ellos.

Así, por ejemplo, en la hospitalidad que Abrahán y Sara  dispensaron a tres hombres que llegaron a su tienda junto al encinar de Mambré en las horas más calurosas del día (Gen 18,1-16). Esa hospitalidad le llevará a decir siglos más tarde al autor de la Carta a los Hebreos: “conservad el amor fraterno y no os olvidéis de la hospitalidad: por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (Heb 13,1-2).

O en el precioso texto del diálogo de Jesús con la samaritana (Jn 4). En ese encuentro, Jesús rompe barreras sociales, étnicas y religiosas al hablar con una mujer samaritana y marginada junto al pozo de Jacob. Se trata de un encuentro cuyos resultados son absolutamente transformadores para aquella mujer.

La parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37) nos enseña el significado concreto de amar al prójimo y muestra cómo la compasión y la ayuda desinteresada deben superar cualquier barrera social, cultural o religiosa. El que atiende al que está tirado al borde del camino es un samaritano, un extranjero, un ser despreciable para los judíos, mientras que el sacerdote y el levita pasan de largo.

Finalmente, en la parábola del juicio final y más concretamente en Mt 25,35, Jesús nos enseña que acoger al extranjero es acoger al mismo Jesús.

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3. Algunos textos de los papas Francisco y León XIV

El Papa Francisco empieza su mensaje de la 51 Jornada Mundial de Oración por la Paz, cuyo lema era “Migrantes y refugiados, hombres y mujeres que buscan la Paz”, expresando su deseo de paz en estos términos: “Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra. La paz que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad, es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y mi oración. De entre ellos, quisiera recordar  a los más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Estos últimos, como afirmó mi querido predecesor Benedicto XVI, ‘son hombres y mujeres, niños, jóvenes, ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz’” (nº 1). Más adelante, el Papa instó a los gobiernos y a la sociedad a construir la paz, combatiendo el miedo y las políticas de rechazo.

En el mensaje de la 109 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, cuyo lema fue, “Libres para elegir si migrar o quedarse”, el Papa Francisco recuerda que “los migrantes escapan debido a la pobreza, al miedo, a la desesperación” y señala que alguna de las causas más visibles de la migración son “las persecuciones, las guerras, los fenómenos atmosféricos y la miseria” y añade que “es necesario un esfuerzo conjunto de cada uno de los países y de la comunidad internacional para que se asegure a todos el derecho a no tener que emigrar, es decir, la posibilidad de vivir en paz y con dignidad en la propia tierra”.

También el Papa León, en este primer año de su pontificado, ha puesto la búsqueda de la paz global y la defensa de la dignidad de los migrantes como ejes centrales de su pontificado. En sus discursos, combina el derecho soberano de los Estados a regular sus fronteras con la exigencia innegociable de tratar a todo ser humano con respeto humanitario.

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4.El diálogo ecuménico e interreligioso, una herramienta fundamental en el binomio paz y migración

Cito literalmente en este apartado lo que se dice en la página 52 (punto 4.2) del documento Comunidades acogedoras y misioneras, aprobado por la CXXIV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, celebrada del 8 al 4 de marzo de 2024 a propósito del diálogo ecuménico e interreligioso, porque me parece que refleja muy bien lo que yo quiero expresar en este punto:

“La postoral con migrantes está habituada y promueve tanto la sensibilidad ecuménica como el diálogo interreligioso desde la vecindad, la cultura del encuentro y la caridad. En nuestro caso, más que con grandes discursos, desde la artesanía de hacer cada día posible el entendimiento, la convivencia, la ayuda mutua, el respeto y el caminar juntos. Nuestras diócesis se van familiarizando con gestos, iniciativas y puentes de diálogo y de fraternidad, tanto entre Iglesias cristianas como con otras religiones. Habrá que orarlos y presentarlos también como fuentes de esperanza.

Respecto al ecumenismo y al diálogo interreligioso, siendo ámbitos diferentes, la cultura de la acogida sale al encuentro de las otras tradiciones cristianas y de las otras religiones que también son capaces de de coincidir en espacios comunes. Con el histórico encuentro interreligioso de Asís de 1986, donde hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas se reunieron para rezar por la paz, San Juan Pablo II indicó el diálogo interreligioso como fuente de esa paz tan necesaria en un mundo donde las guerras y los conflictos obligan a muchas personas a abandonar sus países.

Cada comunidad eclesial como cada tradición religiosa pueden aportar sus compromisos a favor de la vida, la paz, la convivencia social, los problemas sociales o medioambientales. Podemos trabajar juntamente con ellas de modos diversos por un desarrollo humano integral basado en la fraternidad universal, la solidaridad y el principio moral de la responsabilidad, especialmente con las generaciones futuras, respondiendo juntos a la pregunta ¿qué mundo queremos dejar?”.

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5. Por una cultura del encuentro

La cultura del encuentro es un concepto central en el magisterio del Papa Francisco. Propone construir puentes de diálogo y solidaridad por encima de la polarización y el individualismo. Su objetivo es reconocer la dignidad del otro, escuchar activamente y trabajar por el bien común y la paz. Los pilares fundamentales de esta cultura del encuentro son:

  1. Empatía y escucha: implica pasar de solo “oír” a “escuchar” activamente, comprendiendo la realidad desde la perspectiva del otro.
  2. Reconciliación: busca derribar los muros del aislamiento y la indiferencia, fomentando la amistad cívica y la fraternidad.
  3. Acción social: no se queda en la teoría; impulsa el salir de la zona de confort para atender a los más necesitados vulnerables de la sociedad.
  4. Reconocimiento de la identidad: fomenta el respeto por las convicciones propias y ajenas sin caer en el relativismo ni en la violencia verbal.

Todo esto está muy bien expresado en la Encíclica Fratelli Tutti.

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6. Decálogo para una convivencia pacífica e integradora

  1. Acompañar procesos de convivencia pacífica e integradora tanto en la sociedad como en la Iglesia.
  2. Cultivar la amistad social con los pobres, los excluidos y los migrantes, como le gustaba decir al Papa Francisco.
  3. Frente a la globalización de la indiferencia, la globalización de la solidaridad.
  4. Fomentar unas relaciones personales y humanas basadas en una paz desarmante y desarmada, como le gusta decir al Papa León XIV.
  5. Fomentar la cultura del encuentro y del diálogo con los que son diferentes a nosotros.
  6. Empatizar con la realidad de los demás sin juzgar ni condenar.
  7. Ser sensibles ante el dolor ajeno y no pasar de largo ante su situación (parábola del buen samaritano).
  8. Mirar y mirarnos a la cara y a los ojos.
  9. Cultivar y fomentar una cultura de la paz. Educar para la paz.
  10. Ser acogedores y hospitalarios.

¡MUCHAS GRACIAS!

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