CÍRCULO DE SILENCIO en solidaridad con los inmigrantes – 5.6.26 en Callao (Madrid) de 20.30 a 21.30 –
[entrada publicada: 7.5.26; 1ª actualización: 8.5.26]
Porque los delegados de migraciones de la Iglesia española acordaron que lo celebraran, en una u otra forma, todas las diócesis (más explicación y materialesen esta entrada).
Porque se está atentando contra la dignidad de las personas migrantes. Porque sigue habiendo muertes injustas, fronteras fortaleza. Porque los medios de comunicación y nuestros políticos manipulan el significado de nuestro vocabulario y de muchas conciencias. ¡Seguiremos denunciando toda ley y acto contra las personas migrantes!
¿Qué son los Círculos de Silencio?
Una acción NO VIOLENTA en solidaridad con las personas inmigrantes y de reivindicación de los derechos de todas las personas. Defendemos la noviolencia como el camino a seguir y a descubrir, que ponga siempre la conciencia por encima de la ley.
– 27 de septiembre de 2026 – 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado «INCLUSO UNO SOLO DE ESTOS PEQUEÑOS» «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo» (Mt 18,5)
El Papa León XIV ha titulado el mensaje para la 112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado «Incluso uno solo de estos pequeños», haciendo referencia al texto del Evangelio según San Mateo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo» (Mt 18,5). Así lo explica un comunicado del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral publicado hoy, 9 de abril, subrayando que, con esta elección, el Pontífice «pretende expresar la solicitud de la Iglesia hacia los menores directamente implicados en la experiencia migratoria, recordando el deber de acoger a cada uno de ellos tal y como nos enseña el Evangelio».
Los retos que amenazan los derechos de los más pequeños
«No es la primera vez que los Pontífices se pronuncian magisterialmente sobre esta cuestión», prosigue el comunicado relativo a la Jornada, que se celebrará el próximo 27 de septiembre, «pero el panorama migratorio actual plantea nuevos retos que amenazan gravemente los derechos y la dignidad de los más pequeños y que requieren respuestas urgentes y eficaces». Por lo tanto, concluye el texto, «no se trata de discutir sobre cifras o porcentajes, porque “aunque sea uno solo” es un valor supremo».
Esta llamada interpela no solo a las instituciones, sino también a las comunidades cristianas, a las familias y a cada persona creyente. La acogida, la protección, la promoción y la integración —los cuatro verbos propuestos en el magisterio reciente— adquieren aquí una concreción especialmente urgente.
El lema “Incluso uno solo de estos pequeños” nos invita a cambiar la mirada: pasar de una lógica centrada en el control o la gestión a una lógica centrada en la persona. Nos recuerda que el valor de la vida humana no depende del número, sino de su dignidad infinita.
En el contexto español, donde la realidad de los menores migrantes —especialmente los no acompañados— forma parte del debate social y político, este mensaje adquiere una relevancia particular. Supone una oportunidad para renovar el compromiso de la Iglesia con una cultura de la acogida, el encuentro y la protección de los más vulnerables.
CÍRCULO DE SILENCIO [cambio de día] en solidaridad con los inmigrantes – 10.4.26 en Callao (Madrid) de 20.30 a 21.30 –
[entrada publicada:30.3.26; 2ª actualización: 31.3.26]
Porque los delegados de migraciones de la Iglesia española acordaron que lo celebraran, en una u otra forma, todas las diócesis (más explicación y materialesen esta entrada).
Porque se está atentando contra la dignidad de las personas migrantes. Porque sigue habiendo muertes injustas, fronteras fortaleza. Porque los medios de comunicación y nuestros políticos manipulan el significado de nuestro vocabulario y de muchas conciencias. ¡Seguiremos denunciando toda ley y acto contra las personas migrantes!
¿Qué son los Círculos de Silencio?
Una acción NO VIOLENTA en solidaridad con las personas inmigrantes y de reivindicación de los derechos de todas las personas. Defendemos la noviolencia como el camino a seguir y a descubrir, que ponga siempre la conciencia por encima de la ley.
Los jesuitas de Níjar (Almería), que trabajan habitualmente con inmigrantes, subrayan que «el apoyo de los obispos, la Conferencia Episcopal y de otras realidades eclesiales a la regularización no nace de una toma de partido coyuntural, sino de una experiencia prolongada de acompañamiento». A su juicio, «mantener a cientos de miles de personas en la irregularidad permanente no protegía el orden social, sino que lo debilitaba; no favorecía la convivencia, sino que normalizaba la precariedad y el abuso».
Durante años, España ha convivido con una paradoja silenciosa: cientos de miles de personas forman parte de la vida cotidiana —trabajando, cuidando, sosteniendo sectores enteros de la economía y de la vida comunitaria— sin existir plenamente a ojos del derecho. No son una abstracción ni una amenaza difusa. Tienen nombre, horarios, trabajos, vecinos, responsabilidades.
La regularización extraordinaria aprobada recientemente por el Gobierno no irrumpe en una sociedad vacía ni crea de la nada una nueva realidad social. Llega, más bien, al final de un proceso largo en el que esas vidas ya estaban siendo acompañadas, defendidas y promovidas desde abajo, en barrios, asociaciones, institutos, centros de salud, sindicatos o parroquias. Por eso, reducir esta medida a una «regularización masiva» simplifica en exceso lo ocurrido y oscurece lo verdaderamente relevante.
¿Quiénes son las personas regularizadas?
Hablar de regularización extraordinaria en términos agregados —cientos de miles de personas, plazos administrativos, requisitos legales— resulta inevitable, pero insuficiente. La realidad que esta medida alcanza es, ante todo, biográfica. Son trayectorias largas, muchas veces invisibles, que han transcurrido en el cruce entre la necesidad de trabajar, el arraigo progresivo y la ausencia de un reconocimiento jurídico estable.
Está la mujer que cuida a personas mayores desde hace años, enlazando empleos precarios y sosteniendo hogares ajenos mientras el suyo quedaba suspendido en un limbo administrativo. Está el jornalero que ha pasado campañas enteras en la agricultura intensiva de los invernaderos, contribuyendo de forma decisiva a un sector estratégico desde condiciones de extrema vulnerabilidad. Está el trabajador de la hostelería o del reparto que atravesó la pandemia manteniendo servicios esenciales sin contrato regular ni protección suficiente. En no pocos casos, estas personas participan además en asociaciones vecinales, comunidades religiosas o redes de apoyo mutuo que estructuran la vida cotidiana de barrios y pueblos.
Nada de esto comenzó con el decreto. La regularización no crea estas vidas ni las incorpora por primera vez a la sociedad; se limita a reconocer jurídicamente una presencia que ya era social, económica y relacional. Por eso resulta problemático hablar de «masa» o de «regularización masiva». No hay aquí una realidad indiferenciada, sino una pluralidad de historias concretas que comparten una vulnerabilidad común: haber vivido durante años sin el amparo pleno del derecho.
Poner el foco en los rostros no es un recurso sentimental. Es una exigencia analítica. Solo desde ahí se comprende que la irregularidad administrativa no era una anomalía marginal, sino un rasgo estructural de nuestro modelo de convivencia, y que la regularización apunta a corregir esa disonancia entre vida real y reconocimiento institucional.
Un proceso desde abajo: la pluralidad de actores que lo hicieron posible
La regularización extraordinaria no puede entenderse únicamente como una decisión adoptada en el Consejo de Ministros. Llega precedida de un proceso social largo, articulado a través de una constelación de actores muy diversos que, durante años, han trabajado en los márgenes de un sistema migratorio incapaz de absorber la realidad que generaba.
La iniciativa legislativa popular (ILP) por la regularización fue la expresión más visible de ese proceso, pero no su punto de partida. Detrás de las casi 800.000 firmas hubo decenas de organizaciones de personas migrantes, entidades sociales, sindicatos, plataformas ciudadanas, profesionales del derecho, de la salud y de la educación. Y también parroquias, congregaciones religiosas, Cáritas, el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) y otras muchas realidades eclesiales que, desde su inserción territorial, acompañaban situaciones concretas de exclusión jurídica.
Este entramado no actuó como un bloque homogéneo ni con una sola voz. Fue —y sigue siendo— plural, descentralizado y a veces incluso disonante. Precisamente ahí reside su fuerza: en haber sostenido, desde lugares distintos, una misma constatación práctica. Mantener a cientos de miles de personas en la irregularidad permanente no protegía el orden social, sino que lo debilitaba; no favorecía la convivencia, sino que normalizaba la precariedad y el abuso.
Hablar de este proceso permite desplazar el foco del debate. No estamos ante una concesión graciosa ni ante un gesto unilateral del poder político, sino ante el reconocimiento institucional de una presión cívica sostenida. Una acción colectiva que no buscaba privilegios, sino coherencia entre derechos proclamados y vidas reales.
Para el bien común: una lectura desde la ética social cristiana
Más allá de su dimensión jurídica, la regularización extraordinaria plantea una pregunta de fondo: qué entendemos por bien común en una sociedad atravesada por la movilidad humana. Desde la tradición de la doctrina social de la Iglesia, el bien común no es la suma de intereses individuales ni el simple equilibrio entre mayorías y minorías, sino el conjunto de condiciones que permiten a todas las personas desarrollar una vida digna en comunidad.
Leída desde ahí, la regularización no es un gesto ideológico ni una medida movida por la mera compasión. Es una decisión que responde a una evidencia ética: una sociedad funciona peor cuando acepta como normal que una parte significativa de quienes la sostienen viva sin derechos plenos. La irregularidad administrativa prolongada no beneficia a nadie; genera miedo, explotación, economía sumergida y fractura social.
Los cuatro verbos que el Papa Francisco ha propuesto reiteradamente —acoger, proteger, promover e integrar— ayudan a nombrar esta lógica sin necesidad de convertirlos en consignas. Acoger significa reconocer una presencia ya existente. Proteger implica sacar a las personas de la intemperie jurídica. Promover supone abrir posibilidades reales de desarrollo personal y laboral. Integrar no es asimilar, sino permitir una participación plena en la vida social.
Desde esta clave, el apoyo de los obispos, la Conferencia Episcopal y de otras realidades eclesiales a la regularización no nace de una toma de partido coyuntural, sino de una experiencia prolongada de acompañamiento. Allí donde la Iglesia ha estado cerca de las vidas concretas, la irregularidad no aparecía como un principio abstracto, sino como un obstáculo cotidiano para la dignidad y la convivencia.
Cierre (o apertura)
El debate sobre la regularización extraordinaria seguirá abierto, como es lógico en una sociedad plural. Pero quizá convenga desplazar la mirada: no tanto hacia la excepcionalidad de la medida como hacia la normalidad de las vidas que reconoce. Desde esta perspectiva, el respaldo de amplios sectores de la sociedad civil —incluidas muchas realidades eclesiales— no responde a una lógica ideológica ni a un cálculo coyuntural. Brota de una experiencia concreta: la de haber acompañado durante años a personas que ya estaban aquí y cuya exclusión jurídica no fortalecía a la sociedad, sino que la empobrecía.
La regularización no resuelve todos los problemas del sistema migratorio, pero recuerda algo elemental: el bien común no se construye levantando muros administrativos, sino ampliando derechos allí donde la vida ya había encontrado la forma de sostenerse.
Comunidad jesuita de Níjar
Servicio Jesuita a Migrantes Almería
La comunidad jesuita Padre Rubio reside en Casa Arrupe en Puebloblanco (Níjar, Almería), en medio del mar de plástico, como comunidad de acogida junto con trabajadores inmigrantes de los invernaderos. Su misión se centra en acompañar, servir y defender a estas personas, en el marco del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM-Almería).
EL REGALO QUE LLEGA TARDE (y no es oro, incienso o mirra)
Por José Luis Pinilla, SJ, para Vida Nueva Digital de5.1.26.
Dicen que hubo un cuarto rey.
No aparece en los Evangelios ni en los belenes de escayola, pero camina por la memoria secreta de quienes han aprendido que llegar tarde no siempre es llegar mal.
Se llamaba Artabán.
Otros dones
Y no llevaba oro, incienso ni mirra. Llevaba lo que hoy aún pesa en los bolsillos del alma: tiempo, palabra, escucha, conciencia; llevaba la capacidad de indignarse ante la injusticia y la torpeza bendita de detenerse cuando el mundo apremia a pasar de largo. Llevaba, sin saberlo, los dones frágiles que también sostiene nuestra sociedad: sanidad que cura, educación que despierta, derechos que protegen, manos anónimas que sostienen a los caídos.
Ese rey había quedado con los otros reyes en una ciudad antigua, allí donde el desierto aprende a pronunciar los nombres de Dios. La estrella estaba clara, el acuerdo sellado. Pero en el camino encontró a un anciano tendido junto al polvo, enfermo y solo. Nadie lo esperaba. Nadie lo contaba. Artabán se arrodilló. Perdió tiempo. Regaló cuidado. Y cuando levantó la vista, los otros ya se habían marchado.
Así comenzó su viaje solitario.
No regresó. No se excusó. Siguió adelante. Siempre hacia Belén. Siempre un poco tarde.
Hacia Belén
Cuando llegó, el niño ya no estaba. La violencia había vuelto a escribir la historia con sangre, y la Sagrada Familia huía como huyen hoy tantos: sin papeles, sin escolta, sin más patria que el miedo. Artabán entendió entonces que buscar a Dios no es seguir una estrella fija, sino aprender a reconocerla cuando se esconde en los cuerpos vulnerables.
Y caminó.
Cada día encontraba a alguien que necesitaba más que él. Un enfermo al que nadie tocaba. Un preso olvidado por la ley. Un hambriento con los ojos llenos de invierno. Una mujer vendida para pagar culpas ajenas. Y cada vez, Artabán entregaba uno de sus dones: tiempo robado al éxito, palabras dichas a contracorriente, recursos compartidos, silencios habitados, indignación convertida en ternura.
Su equipaje se fue vaciando.
Pero su corazón, no.
Su última esperanza
Treinta y tres años duró la búsqueda. La edad exacta de los hombres que aman hasta el extremo. Llegó a Jerusalén cuando la justicia ya había sido crucificada y el amor colgaba desnudo de la historia. Allí, al pie del Gólgota, con Cristo abierto de brazos, comprendió que tampoco esta vez llegaba a tiempo.
Miró y consideró ignacianamente al “Señor nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (EE 116).
Se miró a sí mismo: Solo le quedaba un don: su última esperanza.
Y la entregó. Como siempre. Para liberar a otra persona. Para salvar a alguien que no era él.
Entonces cayó. Exhausto. Convencido de haber fracasado.
Nunca adoró al Niño.
Nunca entregó sus regalos.
Nunca llegó a Belén.
O eso creyó.
Porque en el umbral de la muerte escuchó una voz —no desde el cielo, sino desde lo hondo— que le habló de cada gesto, de cada demora, de cada acto de compasión. De cada vez que eligió detenerse cuando el mundo exigía velocidad. De cada vez que defendió la dignidad humana con las manos vacías.
— ¿Cuándo hice yo eso por ti? —preguntó Artabán.
Y la respuesta fue sencilla, como lo son todas las verdades que salvan:
— Cada vez que lo hiciste por uno de ellos, llegaste a mí.
Por eso este relato se ofrece como frontispicio.
Porque quizá el regalo que esperas de Reyes no sea llegar primero, sino llegar hondo.
No tener más, sino compartir mejor.
No brillar, sino acompañar.
Y porque tal vez —solo tal vez— el cuarto rey sigamos siendo nosotros.