Archidiócesis de Madrid – Área de Pastoral Social REGULARIZACIÓN EXTRAORDINARIA DE PERSONAS MIGRANTES. – INFORMACIÓN, CLAVES Y ACOMPAÑAMIENTO –
Ofrecemos esta guía que pretende orientar los planteamientos y el acompañamiento técnico y pastoral que nos va a demandar el proceso de la Regularización Extraordinaria de Migrantes. Como se puede ver en el Índice (imagen de arriba), se trata de no dejar fuera ninguno de los varios aspectos que conforman este tema, presentándolos de forma sencilla pero con la profundidad que merecen.
Cáritas Madrid Curso «Desafíos de la Movilidad Humana desde la Lectura Creyente» 20 y 22 de abril de 2026
[entrada publicada 26.11.25; 1ª actualización 8.2.26]
Cáritas diocesana de Madrid convoca el curso «DESAFÍOS DE LA MOVILIDAD HUMANA DESDE LA LECTURA CREYENTE». Será el 20 y 22 de abril, presencial, de 16:00 a 20:00, en el Centro de Estudios Sociales de Cáritas. Es gratuito pero hay que inscribirse en este enlace., donde también puede verse a los ponentes. Este curso propone una reflexión profunda sobre los desafíos que plantea la movilidad humana —migraciones, desplazamientos forzados, refugio— desde una perspectiva creyente. A través de la reflexión, documentos de la Doctrina Social de la Iglesia y experiencias concretas, se busca iluminar la realidad migratoria con una mirada compasiva, comprometida y transformadora dando a conocer los elementos básicos en el acompañamiento social a las personas migrantes, así como los criterios y orientaciones que nos ayuden a situarnos ante esta realidad desde nuestra identidad eclesial e institucional. Se trata de sensibilizarnos para convertirnos en «agentes de sensibilización y comunicación». Para ello se impartirá en dos sesiones: La Movilidad Humana desde el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia (día 1 de diciembre). El acompañamiento a personas migrantes y la respuesta desde nuestra Diócesis (día 3 de diciembre).
A quién va dirigido
Este curso está dirigido a personas voluntarias, agentes de pastoral, profesionales y cualquier persona vinculada a Cáritas Madrid que desee profundizar en la dimensión creyente de la movilidad humana y fortalecer su compromiso con la acogida y el acompañamiento de personas migrantes. Prioritariamente personas que desarrollan una labor vinculada a la atención social, al acompañamiento y a la escucha, tanto en proyectos de Cáritas Parroquiales o arciprestales, como en proyectos de información y orientación para el empleo, proyectos de información, orientación y servicios de apoyo en temas de vivienda, obras sociales diocesanas, espacios de acogida de emergencia a inmigrantes y refugiados de la Mesa por la Hospitalidad, y en proyectos de comunicación social y sensibilización.
Objetivos
Promover una comprensión integral de los fenómenos migratorios desde la fe cristiana, fomentando una actitud de acogida, justicia y solidaridad hacia las personas en situación de movilidad humana.
Contenidos
20 de abril. «La Movilidad Humana desde el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia». Nuestra herencia migrante; Jesús ¿un migrante?; ¿Y qué dice la Doctrina Social de la Iglesia?; El arte de acoger.
22 de abril. «El acompañamiento a personas migrantes y la respuesta desde nuestra Diócesis». Desafíos de la movilidad humana hoy; Cómo nos situamos ante la realidad de la movilidad humana; Claves para el acompañamiento social a personas migrantes (incidiendo en el aspecto de la irregularidad); La realidad de las personas migrantes en nuestros territorios (perfil, necesidades); Importancia de la mirada y de la escucha; Acogida y acompañamiento a personas migrantes por parte de la Iglesia de Madrid.
POBLACIÓN DE ORIGEN INMIGRADO – ESPAÑA 2025 El Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) publica otro año más el informe anual ‘Población de origen inmigrado en España’,una radiografía detallada de la realidad migratoria del país con datos actualizados a 1 de enero de 2025. El estudio, elaborado a partir del análisis del censo anual del INE (Instituto Nacional de Estadística) y los registros del Observatorio Permanente de la Inmigración (OPI), muestra una transformación profunda en la estructura social de España.
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En primer lugar, ¿qué se entiende por población de origen inmigrado (POI)? El concepto incluye la suma de la población residente nacida en el extranjero (incluyendo personas españolas nacidas en el extranjero) y las personas extranjeras nacidas en España.
A 1 de enero de 2025, la POI asciende a 9.963.353 personas, lo que representa el 20,28% de la población total. Esto significa que una de cada cinco personas residentes en España tiene un origen vinculado a la migración.
El estudio señala, además, a la inmigración como el factor determinante para el crecimiento poblacional. Entre 2021 y 2025, mientras la población total creció en 1,7 millones, la población de origen inmigrado aumentó en más de 2,1 millones, lo que compensó una disminución de 429.133 personas en la población «autóctona» (españoles nacidos en España).
Respecto al perfil migratorio, aunque Marruecos sigue siendo el principal país de origen con 1.165.955 residentes, el dinamismo actual está liderado por los flujos procedentes de Iberoamérica. Durante 2024, los incrementos más significativos correspondieron a personas nacidas en Colombia (+121.425) y Venezuela (+92.547). Por el contrario, grupos históricos como el rumano, el británico o el ucraniano han experimentado retrocesos en sus cifras de residentes.
El informe detiene su mirada sobre los 20 orígenes mayoritarios, que son los siguientes:
Un fenómeno especialmente preocupante es lo que denominamos como “bolsa de irregularidad administrativa”. El contraste entre los datos de empadronamiento (INE) y las tarjetas de residencia en vigor (OPI) permite al SJM identificar una brecha crítica de irregularidad. Esta situación es especialmente alarmante en el colectivo colombiano (con una diferencia de -410.670 personas), seguido por venezolanos (-165.096) y peruanos (-146.203). El informe advierte que estas cifras reflejan no solo flujos recientes, sino también las trabas administrativas para la regularización y el empadronamiento y, por ende, para el acceso a derechos fundamentales.
Por último, el informe también ofrece una evolución de la POI desglosado por Comunidad Autónoma. Se indica que la presencia migratoria es particularmente intensa en el arco mediterráneo y Madrid:
Las Islas Baleares continúan liderando el ranking con un 28,7% de población nacida en el extranjero, seguidas de Cataluña (25,1%), Madrid (24,9%) y la Comunidad Valenciana (24,1%). El estudio destaca un papel de “rescate demográfico” en regiones muy envejecidas como Asturias, donde la inmigración se ha convertido en el único factor de crecimiento relevante.
LA TRAMPA DE LA «VULNERABILIDAD»: ENTRE LA CONFUSIÓN CONCEPTUAL Y EL ABUSO DEL LENGUAJE Confundir esta palabra con debilidad lleva a un discurso compasivo pero condescendiente, que ve a las personas o grupos “vulnerables” como objetos pasivos, merecedores de lástima o ayuda, en lugar de agentes con resiliencia, capacidades y derechos
En el paisaje lingüístico contemporáneo, ciertas palabras se cargan de significados emocionales y políticos que pueden diluir su precisión conceptual. Vulnerabilidad es una de ellas.
Originalmente, un término técnico proveniente del latín vulnerabilis (“que puede ser herido”), se ha instalado en el discurso cotidiano, psicológico y social. Y muy especialmente en el ámbito del trabajo social local o inte5nacional y en la llamada acción humanitaria.
Sin embargo, este uso extendido no siempre es correcto y, en muchos casos, resulta impreciso, confuso, problemático e interesado. En este camino a la popularización, ha sufrido una distorsión fundamental: se ha confundido peligrosamente con conceptos como debilidad o fragilidad. Este mal uso no es un mero error semántico; constituye una simplificación que empobrece y banaliza nuestra comprensión de la condición humana y está llevando a políticas sociales paternalistas, de corte caritativo o a una visión estática de las personas y sus situaciones.
El primer y más grave desvío es la transformación de la vulnerabilidad en un estado ontológico, en una cualidad intrínseca y general. Se habla de “personas vulnerables”, “grupos vulnerables” o incluso de “una condición de vulnerabilidad” como si se tratara de una cualidad esencial, inherente permanente y general. Esta absolutización omite la estructura relacional y situacional del término.
En su sentido preciso, se es vulnerable “a” algo: a la pobreza, a un ciberataque, a la enfermedad, a la discriminación por motivos de raza o género, a la enfermedad, a un riesgo ambiental, a una estructura económica injusta, a una forma de violencia o a una exclusión institucional. La vulnerabilidad es siempre una relación dialéctica entre un sujeto (individual o colectivo), un contexto específico y una amenaza potencial. En sentido estricto, nadie es vulnerable en abstracto. La vulnerabilidad no es un rasgo absoluto ni una etiqueta universal, sino una relación específica frente a una amenaza concreta.
La vulnerabilidad siempre implica exposición a un peligro específico y una capacidad limitada para afrontarlo. Por ello, afirmar que alguien “es vulnerable” sin precisar a qué lo es, equivale a vaciar el término de contenido analizable y convertirlo en una categoría ambigua. Un ejecutivo de una multinacional puede ser extremadamente vulnerable a un colapso bursátil, pero no a una sequía que afecte su acceso al agua potable; un agricultor de subsistencia puede serlo a esa misma sequía, pero no a la volatilidad de los mercados financieros; el Rey de España puede ser enormemente vulnerable a las ocurrencias de su emérito padre, pero no parece serlo a la sequía o los cambios en los mercados. Reducir la vulnerabilidad a un adjetivo generalizado invisibiliza las estructuras de poder y los sistemas que las producen, personalizando y patologizando lo que es, en gran medida, un fenómeno político y social.
Etiquetar a personas o colectivos como “vulnerables” sin contextualización contribuye a naturalizar la desigualdad, como si esta fuera inherente a quienes la padecen y no el resultado de relaciones de poder, políticas públicas deficientes o sistemas económicos excluyentes. Y contribuye a estigmatizar a esos colectivos.
Esta absolutización conduce directamente al segundo malentendido: la equiparación de vulnerabilidad con debilidad o fragilidad. La debilidad sugiere una carencia de fuerza, una incapacidad. La fragilidad alude a una constitución delicada, propensa a romperse. Ambas implican una falta, un déficit inherente al sujeto. Como señaló la filósofa Judith Butler, la vulnerabilidad es una condición relacional que emerge de la interdependencia humana y de las estructuras sociales, no de un fallo individual.
Una persona puede ser autónoma, fuerte y competente, y aun así ser vulnerable a ciertas amenazas en determinadas circunstancias. Confundir vulnerabilidad con inferioridad personal reduce el fenómeno a una característica individual y oculta las condiciones sociales que lo producen. Esta confusión no es inocente. Etiquetar a personas o colectivos como “vulnerables” sin contextualización contribuye a naturalizar la desigualdad, como si esta fuera inherente a quienes la padecen y no el resultado de relaciones de poder, políticas públicas deficientes o sistemas económicos excluyentes. Y contribuye a estigmatizar a esos colectivos.
Por otro lado, la distribución social de la vulnerabilidad —quién está expuesto a qué amenazas y con qué recursos para enfrentarlas— es profundamente desigual y es ahí donde radica la injusticia. La pensadora feminista Martha Fineman, con su teoría de la “vulnerabilidad universal”, argumenta precisamente que, al reconocer que todos somos sujetos vulnerables, el Estado debe centrarse en crear “instituciones resilientes” que mitiguen las desventajas, en lugar de etiquetar a ciertos grupos como intrínsecamente frágiles.
El lenguaje de la vulnerabilidad, mal empleado, puede reforzar el paternalismo y despojar a los sujetos de su capacidad de ser agentes, presentándolos únicamente como receptores pasivos de protección, sin capacidades para afrontar las amenazas
Confundir vulnerabilidad con debilidad lleva a un discurso compasivo pero condescendiente, que ve a las personas o grupos “vulnerables” como objetos pasivos, merecedores de lástima o ayuda, en lugar de agentes con resiliencia, capacidades y derechos. El lenguaje de la vulnerabilidad, mal empleado, puede reforzar el paternalismo y despojar a los sujetos de ser agentes, presentándolos únicamente como receptores pasivos de protección, sin capacidades para afrontar las amenazas.
Las consecuencias de esta confusión terminológica son tangibles. En el ámbito de las políticas públicas, designar a un grupo como “vulnerable” sin especificar a qué, puede llevar a intervenciones genéricas y asistencialistas que no atacan las raíces sistémicas de su exposición al daño. Lo estamos viendo en numerosos países, entre ellos, España. El sociólogo Loïc Wacquant critica cómo el lenguaje de la vulnerabilidad puede servir para “despolitizar” la pobreza, transformando una cuestión de justicia económica y redistribución en un mero problema de gestión de poblaciones marginales.
En la psicología popular, la exhortación a “mostrar vulnerabilidad” —popularizada por autores como Brené Brown, quien la asocia con el coraje, la autenticidad y la conexión—, aunque valiosa, corre el riesgo de ser trivializada si se olvida su dimensión contextual. Brown enfatiza que la vulnerabilidad requiere límites y confianza; no es una exposición indiscriminada. Revelar las propias heridas solo es seguro en contextos de respeto; de lo contrario, puede aumentar la exposición a nuevas agresiones. No se invita a ser “vulnerable” en abstracto, sin considerar que la vulnerabilidad siempre es ante alguien o ante algo.
Recuperar la precisión del término es, por tanto, un acto de rigor ético y político. Implica, en primer lugar, reinstaurar la preposición “a”: siempre debemos preguntarnos “vulnerable, ¿a qué?”, y “¿bajo qué condiciones?”. En segundo lugar, requiere desligarla de la dicotomía fortaleza/debilidad. La vulnerabilidad no es lo opuesto a la resiliencia; de hecho, es su presupuesto. Solo porque somos vulnerables podemos ser resilientes. La resiliencia es la capacidad de responder, adaptarse y recuperarse ante las amenazas a las que somos vulnerables, tal como lo estudian las ciencias de la sostenibilidad, la reducción de riesgo de desastres y la psicología comunitaria.
En conclusión, el mal uso del término “vulnerabilidad” al convertirlo en un estado absoluto y confundirlo con debilidad, no es una mera imprecisión lingüística. Es un síntoma de un pensamiento borroso que, al descontextualizar la exposición a la amenaza y el daño, termina por naturalizar las desigualdades y despojar a las personas de su poder como agentes.
La vulnerabilidad, bien entendida, no nos debilita; nos revela la urdimbre fundamental de nuestra interdependencia y la responsabilidad colectiva de tejer redes que protejan, sin anular, esa condición compartida
Reconocer que la vulnerabilidad es relacional, situacional y universalmente humana, pero desigualmente distribuida, nos obliga a un análisis más fino de las estructuras sociales. Nos lleva a una solidaridad basada no en la lástima por el “débil” o “vulnerable”, sino en la justicia y el compromiso por transformar aquellas condiciones que exponen de manera injusta y evitable a unos más que a otros a sufrir daño.
La vulnerabilidad, bien entendida, no nos debilita; nos revela la urdimbre fundamental de nuestra interdependencia y la responsabilidad colectiva de tejer redes que protejan, sin anular, esa condición compartida. Reconocer que la vulnerabilidad es siempre contextualizada, situada, relacional y específica, y que no equivale a debilidad ni fragilidad, resulta fundamental para evitar estigmatizaciones y para comprender con mayor precisión las dinámicas de riesgo y desigualdad. Recuperar el rigor del concepto implica dejar de usarlo como una etiqueta general y asumirlo como una herramienta analítica que revela no quiénes “son” vulnerables, sino a qué y por qué lo son.
Más allá de los estereotipos y prejuicios: CONSTRUYENDO CONVIVENCIA INTERCULTURAL EN NUESTRAS COMUNIDADES
¿Cómo construir comunidades acogedoras y fraternas? ¿Cómo fortalecer una convivencia intercultural real y transformadora desde nuestras comunidades parroquiales, proyectos, obras y servicios?
La realidad de la movilidad humana en nuestra Diócesis nos interpela cada día con nuevos retos y oportunidades. Personas de diferentes orígenes, culturas y trayectorias vitales forman ya parte de nuestras comunidades, invitándonos a ensanchar la mirada y a avanzar hacia un “nosotros” cada vez más amplio, inclusivo y corresponsable.
Por este motivo, Cáritas diocesana de Madrid, junto con la Delegación de Pastoral de la Movilidad Humana de nuestra archidiócesis de Madrid, han programado un taller formativo de carácter vivencial y práctico, orientado a ofrecer recursos concretos y experiencias compartidas para impulsar comunidades verdaderamente acogedoras.
El taller está pensado como un espacio de aprendizaje colectivo, donde reflexionar conjuntamente, compartir prácticas y descubrir claves que ayuden a fortalecer la convivencia intercultural en los territorios, desde una perspectiva comunitaria, evangélica y con enfoque de derechos y dignidad de todas las personas.
Esta iniciativa se enmarca en la misión de la Iglesia de ser casa abierta y lugar de encuentro, especialmente con quienes viven procesos de migración y movilidad forzada, tal y como recuerdan de forma reiterada el magisterio social y la acción pastoral de la Iglesia universal y local.
Una invitación abierta a personas voluntarias, agentes pastorales, equipos parroquiales, profesionales y comunidades que deseen seguir construyendo espacios donde nadie se sienta extraño y todas las personas puedan sentirse parte.
Te animamos a participar y a difundirlo en tu parroquia, arciprestazgo, proyecto, en tu entidad, obra o servicio. Es una oportunidad para crecer juntas y juntos en fraternidad y corresponsabilidad.