LEÓN XIV con los MIGRANTES DEL CENTRO «LAS RAÍCES» y en TENERIFE

ENCUENTRO DE LEÓN XIV CON los MIGRANTES DEL CENTRO «LAS RAÍCES»
Y EN EL PUERTO DE TENERIFE

– S. Cristóbal de La Laguna – Tenerife / 12.6.26 –
En el texto incluimos las intervenciones de varias personas antes de la del papa –

ELOY ALBERTO SANTIAGO, obispo de la diócesis de San Cristóbal de La Laguna (Tenerife, La Palma, La Gomera y El Hierro)

Santo Padre, bienvenido a estas diócesis de San Cristóbal de la Laguna, a estas Islas Canarias occidentales, que lo reciben con el corazón abierto y agradecido por su presencia en esta mañana en medio de nosotros, como peregrino de paz y de esperanza, que nos invita a alzar la mirada para descubrir la presencia de Dios en nuestro futuro y al mismo tiempo en nuestro presente. Gracias por su deseo de conocer de primera mano la dura realidad de quienes ,,en muchas ocasiones se ven forzados a dejar su tierra natal y su familia, movidos por el sueño de conseguir un futuro mejor para ellos y los suyos, huyendo de guerras y violencia, de injusticias económicas y sociales, del drama del hambre y la pobreza. En estos últimos años han sido decenas de miles de personas las que, provenientes del continente africano, han llegado a nuestras islas, frontera sur de Europa, mayormente a la Isla del Hierro, al Muelle de la Restinga, movidos por ese sueño de una vida mejor.

ENCUENTRO DE LEÓN XIV CON los MIGRANTES DEL CENTRO «LAS RAÍCES». S. Cristóbal de La Laguna, Tenerife.Ellos han sido los más afortunados. Lamentablemente, hay tantos otros, otros miles, que no han conseguido la meta y han perdido la vida recorriendo la denominada Ruta Atlántica. Escuchar los relatos de quienes han realizado esa travesía de una forma totalmente inhumana y precaria en los cayucos y pateras que arriban a nuestras costas, a donde llegan exhaustos, no nos puede dejar indiferentes.

Así lo expresaba Su Santidad, con ocasión del Jubileo de los Migrantes, el pasado octubre en la Plaza de San Pedro, al referirse a la historia de muchos de nuestros hermanos migrantes, el drama de su fuga de la violencia, el sufrimiento que los acompaña, el miedo a no lograrlo, el riesgo de peligrosas travesías a un puerto seguro que no acaban de alcanzar. Y añadía, esas barcas que esperan avistar un puerto en el que detenerse y esos ojos llenos de angustia y esperanza que buscan una tierra firme a la que llegar, no pueden y no deben encontrar la frialdad de la indiferencia o el estigma de la discriminación. Esos ojos, Santo Padre, son los que ahora lo miran llenos de esperanza, deseosos de escuchar su palabra.

Nos encontramos en uno de los dispositivos de acogida para migrantes del Gobierno de España, gestionado por la Asociación ACCEM. Es el campamento más grande de toda Canarias, que, en plena crisis migratoria a finales de 2024, llegó a albergar casi cuatro mil personas, aunque hoy sean muchos menos, debido a la notable disminución del flujo migratorio en los últimos meses. Tras el saludo a continuación de la Ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Santidad, tomará la palabra el actual director de este centro, y a continuación escucharemos dos testimonios de migrantes acogidos, todo lo cual nos dispondrá a escuchar sus iluminantes y esperanzadoras palabras, Santo Padre, que desde ya le agradecemos.

ELMA SÁIZ DELGADO, ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones

Santidad, permítame darle la bienvenida, en nombre del Gobierno de España, al centro de acogida Las Raíces, en La Laguna, un lugar que representa el compromiso de nuestro país con la dignidad humana y con la atención a quienes llegan a nuestras costas en circunstancias especialmente difíciles.

Hace poco más de cinco años, este antiguo cuartel militar se convirtió en un lugar de esperanza, donde la humanidad, la empatía y el respeto se convirtieron en la respuesta ante la adversidad. Santidad, permítame también compartir una convicción sencilla, pero profundamente humana: todos somos nuevos en algún lugar a lo largo de la vida, lo somos cuando nacemos, lo somos cuando cambiamos de ciudad, de trabajo o de comunidad, lo somos cuando formamos una familia y también lo son quienes cruzan fronteras buscando seguridad, dignidad o una oportunidad. Todos en algún momento hemos necesitado que alguien nos tendiera la mano para convertir lo desconocido en hogar.

España conoce bien esa experiencia, somos un país de emigrantes, un país con memoria y también un país de acogida. Millones de españoles tuvieron que marcharse en otros tiempos buscando trabajo, libertad o futuro y hoy millones de personas llegan a nuestra tierra con esa misma esperanza, aportar, trabajar, construir y formar parte. Su Santidad, León XIV, en este tiempo nuevo para la Iglesia y para el mundo, deseo trasladarle también el compromiso de España con una visión profundamente humana de la movilidad, inspirada en la dignidad inviolable de cada persona y en la convicción de que nadie debe ser definido únicamente por el lugar del que viene o por las circunstancias que le obligaron a partir.

Por eso, la política migratoria del Gobierno de España se sostiene sobre tres principios inseparables, humanidad, regularidad y convivencia. Humanidad, porque ninguna persona puede quedar reducida a una cifra o a una estadística. Regularidad, porque las fronteras y las normas deben gestionarse con responsabilidad y porque una situación administrativa regular constituye también una base esencial para la dignidad, la autonomía y la plena participación en la sociedad.

Y convivencia, porque integrar significa construir comunidad, derechos y responsabilidades compartidas. Santidad, en España hay un texto que millones de personas escuchan en momentos decisivos en sus vidas. Usted lo conoce bien, porque se lee cuando celebramos matrimonios.

Me refiero a la primera carta a los corintios, cuando San Pablo escribe, el amor es paciente, es servicial, el amor no tiene envidia, no hace alarde, no se envanece, y también nos recuerda que si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena. Esas palabras acompañan a quienes deciden unir sus vidas para emprender un proyecto común. Quizá podamos encontrar ahí una hermosa analogía para comprender mejor las migraciones y la convivencia entre pueblos, porque cuando una persona llega a un lugar y ese lugar la recibe, comienza también un proyecto común.

No es un vínculo instantáneo ni sencillo, como ocurre en cualquier relación humana, requiere tiempo, esfuerzo, responsabilidades compartidas y voluntad de entender al otro. Y como ocurre en los matrimonios, ese proyecto común solo puede sostenerse si se basa en el amor entendido como compromiso y en la generosidad entendida como reconocimiento mutuo. Quien llega tiene el deber de participar, de respetar y contribuir.

Quien acoge tiene la responsabilidad de abrir espacios de pertenencia y dignidad, porque acoger con amor es también hacer posible que cada persona saque lo mejor de sí misma, porque la integración no es la renuncia a quienes somos, es la construcción compartida de quienes queremos ser. España ha aprendido que una sociedad cohesionada no nace de levantar muros entre vecinos, sino de construir puentes entre personas. Que la diversidad bien gestionada fortalece nuestras economías, rejuvenece nuestras sociedades y amplía nuestros horizontes humanos.

Sabemos que persisten desafíos, la gestión de fronteras, la lucha contra las mafias que trafican con seres humanos o el combate contra los discursos de odio. Pero precisamente por eso necesitamos respuestas serenas, basadas en hechos, en valores y en cooperación internacional. Su santidad nos lo ha recordado muchas veces y más en estos días, que detrás de cada migrante hay un rostro, una historia y una esperanza.

Esa mirada humanista es hoy más necesaria que nunca. Las raíces es el testimonio vivo de que cada persona merece la oportunidad de comenzar de nuevo. Cada manta ofrecida, cada plato compartido y cada gesto de cercanía han ido tejiendo una red de solidaridad que deja una huella profunda, tanto en quienes encontraron y encuentran aquí un primer hogar al llegar a nuestro país, como en quienes dedican su esfuerzo diario a acompañarlos.

Hoy somos testigos de este compromiso colectivo, la colaboración entre administraciones públicas, entidades sociales y ciudadanía para convertir un paraje de eucaliptos en un referente de acogida y atención humanitaria. Porque al final todos hemos necesitado alguna vez ser acogidos, todos hemos sido extraños en algún lugar y todos aspiramos a algo profundamente sencillo, encontrar un sitio donde poder vivir, cuidar de los nuestros y sentir que formamos parte de algo mayor. Si asumimos esa verdad sencilla que hoy usted nos recuerda, podremos construir sociedades más fuertes, más justas y más humanas. Muchas gracias.

ERNESTO MATORAL, director del Centro «Las Raíces»

Santo Padre, autoridades, personas acogidas y trabajadoras de este centro. Es para nosotros un profundo honor hoy recibir su visita en el centro de primeras llegadas de Las Raíces en Tenerife. Su presencia aquí no sólo nos distingue, sino que también pone el foco sobre una realidad que día a día vivimos en este lugar. Este centro, abierto desde el año 2021, nació como respuesta a una realidad compleja que exige compromiso, solidaridad y responsabilidad.

Quiero resaltar el esfuerzo sostenido del Estado español, titular de este centro, como parte de su responsabilidad en la acogida y atención a las personas que llegan a nuestras costas canarias. Desde su apertura hemos acogido a más de 70.000 personas. Detrás de cada una de ellas hay una historia, un trayecto difícil y sobre todo una esperanza. Nuestra labor consiste en ofrecerles una primera acogida digna, humana y organizada en un momento especialmente difícil, inmediatamente a su llegada por mar.

Este trabajo no sería posible sin el equipo de personas que lo sostienen. Cerca de 600 personas trabajan en el centro, con una inmensa profesionalidad, vocación y compromiso con la dignidad de cada persona acogida. Su labor diaria convierte este espacio en algo más que un centro, lo convierte en un lugar de acogida real.

Las Raíces es, en esencia, un punto de encuentro, un espacio donde confluyen trayectorias vitales, complejas y donde ofrecemos, desde lo institucional y lo humano, una primera oportunidad. Santo Padre, su visita hoy supone un reconocimiento a todas estas realidades, a quienes llegan buscando un futuro mejor, al esfuerzo de las instituciones públicas y al compromiso de los profesionales que hacen posible este trabajo. En nombre de todo el centro, quiero darle las gracias por su presencia, por su cercanía y por el mensaje de esperanza que representa. Muchas gracias.

SAÚL, de Nigeria

Buenos días, me llamo Theodor, yo soy de Nigeria, soy uno de los migrantes. Leo. Su Santidad, gracias por recordar a los migrantes, a las familias que hemos dejado en nuestro país, y empezar una nueva vida igual que en casa. Muchas veces el camino es difícil hay miedo, tristeza, y también solidaridad. Pero sus palabras nos dan fuerza y esperanza para seguir adelante.

Nosotros venimos con sueños sencillos, trabajar, cuidar de la familia y vivir con dignidad, y sentimos que usted trata a las personas migrantes con respeto y con cariño. Gracias por recordar al mundo que todos somos personas, que todos necesitamos amor, paz y oportunidades. Hoy queremos decirle con mucho respeto que rezamos por usted y que agradecemos su corazón cercano. Que Dios lo bendiga siempre. Gracias.

BOUSSO DIOUF mujer africana

ENCUENTRO DE LEÓN XIV CON los MIGRANTES DEL CENTRO «LAS RAÍCES». S. Cristóbal de La Laguna, Tenerife.Buenos días a todos y todas. Santo Padre, gracias por estar hoy aquí, en esta tierra que para muchos de nosotros ha significado… [se emociona y vuelve a empezar]. Santo Padre, gracias por estar hoy aquí, en esta tierra que para muchos de nosotros han significado el primer lugar de esperanza, después de un largo camino de sufrimiento.

Hoy hablo ante usted, no sólo en mi nombre, sino en nombre de muchas personas inmigrantes que han dejado atrás su hogar, su familia y su vida buscando seguridad, paz y dignidad. Venimos de países donde la pobreza, la persecución y la falta de oportunidades nos obligaron a partir, nadie abandona su tierra, su familia y sus raíces por voluntad propia cuando puedo vivir en paz. Dejamos atrás nuestros recuerdos, nuestros seres queridos y una parte de nuestro corazón con la esperanza de encontrar una vida mejor.

Pero el camino hasta llegar aquí no fue fácil, el trayecto estuvo lleno de miedo, dolor e incertidumbre, cruzar rutas peligrosas, especialmente el Océano Atlántico hacia Canarias, significa enfrentarse al hambre, al frío, a la desesperación y muchas veces a la muerte. Muchos hermanos y hermanas perdieron la vida en el mar y otros siguen sufriendo en silencio, víctimas de mafias que se aprovechan de la necesidad y del sufrimiento humano. Hoy desde esta tierra de acogida, Canarias, queremos elevar una petición sencilla pero profundamente humana dignidad, pedimos que las fronteras no se conviertan en muros de indiferencia, que no se nos mire sólo como inmigrantes, números o documentos sino como personas con historia, con sueños, con familias y con esperanza, nuestra humanidad debe estar siempre por encima de cualquier condición legal.

También queremos expresar nuestro agradecimiento, gracias a la iglesia, a las comunidades de acogida, a las organizaciones y a todas las personas solidarias que nos dieron la mano cuando llegamos con cansancio e incertidumbre. Gracias por ofrecernos refugio, escucha y una oportunidad para reconstruir nuestras vidas. Santo Padre, su presencia en Canarias representa una luz para quienes muchas veces no tenemos voz, le pedimos que recé por quienes perdieron la vida en el mar, por quienes a un través de mares y fronteras buscando seguridad y por quienes luchamos cada día por construir un futuro digno y paz con esperanza.

No pedimos privilegios, no pedimos compasión, pedimos respeto, humanidad y la oportunidad de vivir con dignidad. Muchas gracias.

INTERVENCIÓN DEL PAPA

ENCUENTRO DE LEÓN XIV CON los MIGRANTES DEL CENTRO «LAS RAÍCES». S. Cristóbal de La Laguna, Tenerife.

[el Papa hace casi toda su alocución en francés e inglés; aquí aportamos la traducción oficial de vaticano, pero faltan partes del inicio que, por lo que sea, no ha recogido la traducción]

Agradezco las sentidas palabras que me ha dirigido la Sra. Ministra, así como el Director de este Centro.

Hoy en la Iglesia celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que es para los cristianos el amor misericordioso e infinito de Dios por cada ser humano. En este marco, es providencial que podamos encontrarnos, vernos y sobre todo saber que, más allá de nuestro lugar de proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad.

Viendo sus rostros, escuchando sus testimonios, pienso también en sus corazones, heridos por tantas dificultades y también consolados por el amor recibido gracias a otros corazones abiertos, generosos y misericordiosos. El Corazón de Cristo sufrió y fue traspasado por amor, y también fue confortado por personas compasivas que se acercaron a aliviar su dolor.

Jesús, para explicar la universalidad del amor, puso como ejemplo el acto de servicio de un hombre de otro pueblo y de otra religión que se compadeció del herido y maltratado (cf. Lc 10,25-37). Motivados por ese amor de Dios, que nos ayuda a sanar las heridas y a ser caritativos con los que sufren, el santo Hermano Pedro y san José de Anchieta partieron desde estas tierras canarias para anunciar el Evangelio en América, abriendo nuevos horizontes misioneros. Ellos también fueron migrantes que se dirigieron hacia lo desconocido, llevando como principal equipaje la fe, la esperanza y la caridad.

En aquellas desconocidas tierras, los santos migrantes y misioneros supieron dar de lo que tenían y asimismo acoger lo nuevo que se les ofrecía. Les invito también a ustedes a ofrecer el tesoro de humanidad, de sueños y de cultura que han traído a estas islas, y a estar abiertos a recibir aquello que se les brinda. Este intercambio hemos de vivirlo también con responsabilidad, pensando en el futuro de las generaciones venideras, a quienes queremos legar el patrimonio de una civilización del amor, y donde las migraciones tienen una palabra importante que decir, porque «pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos» (Magnifica humanitas, 81).

Queridos hermanos y hermanas, todos —de algún modo— somos migrantes, todos somos peregrinos en camino a la patria celestial. Ayudémonos a hacer de esta travesía un lugar más humano para todos, aportando lo que esté al alcance de cada uno. En este sentido, agradezco la colaboración por parte del Gobierno, de las diversas instituciones y de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que hacen posible esta ayuda humanitaria concreta, que devuelve la esperanza y dignifica a tantas personas.

Me ha llamado la atención el nombre de este Centro de acogida, que se denomina “Las Raíces”. A mi Predecesor, el querido Papa Francisco, que tanto anheló poder estar con ustedes, le gustaba utilizar la imagen de las raíces para indicar la necesidad de no olvidar los orígenes, de permanecer unidos y de confiar en el Señor. «Porque el que confía en el Señor “es como un árbol plantado al borde de las aguas, que echa sus raíces en la corriente. No temerá cuando llegue el calor y su follaje estará frondoso” (Jr 17,8)» (Christus vivit, 133). Que esta imagen de las raíces también les ayude a ustedes a estar firmemente arraigados en el Señor (cf. Col 2,7), para que ninguna tormenta pueda alejarlos de su presencia, que fortalece y da vida.

Queridos amigos, les llevo en mi corazón y en el recuerdo de mis oraciones. Que Dios les bendiga, que bendiga a sus familias y a todos los que les hacen el bien. Y que la Bienaventurada Virgen María, Consuelo de los migrantes, les acompañe y auxilie siempre con su protección maternal.

Muchas gracias.

HOMILÍA DE LA MISA EN EL PUERTO DE TENERIFE

León XIV. Migrantes. Eucaristía en el Puerto de Tenerife 01

Queridos hermanos y hermanas:

Es una gracia encontrarnos en el día en que el Corazón de Jesús se deja contemplar por nosotros como el corazón de la historia. Me alegra celebrar con ustedes la Eucaristía, dando gracias por la fe y la caridad de las que he recibido tantos testimonios en este viaje apostólico y que hacen también a este archipiélago, tan conocido por su belleza y su acogida, un lugar donde el Señor Resucitado nos precede y se manifiesta. Frente a nosotros el mar evoca el infinito, y así lo hace también el cielo; pero infinito es sobre todo el deseo que une el corazón de Dios a tantos corazones humanos, cuyas alegrías y esperanzas, tristezas y angustias encuentran eco en el corazón de la Iglesia (cf. Gaudium et spes, 1). Ningún ser humano es una isla; la ubicación geográfica de esta diócesis y los desafíos pastorales que la comprometen atestiguan que hemos nacido para el encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje. Sea permaneciendo durante una vida entera en el mismo lugar, sea eligiendo o estando obligados a partir, nadie permanece nunca quieto. Este es el secreto del corazón: la llamada íntima al éxodo y al encuentro.

Pero el Corazón de Jesús nos revela cómo no perdernos en un dinamismo estéril: «Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4,9). Hay vida cuando se da vida. De otro modo, se gira en el vacío. En efecto, «como recuerda el Concilio, el ser humano está llamado a la comunión con Dios y “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo”; su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido» (Magnifica humanitas, 48). El Papa Francisco observaba: «Muchas personas experimentan un profundo desequilibrio que las mueve a hacer las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor. Esto tiene un impacto en el modo como se trata al ambiente» (Laudato si’, 225). Son palabras que interpelan también la vocación turística de Tenerife, sea respecto al corazón del que decide pasar aquí un período de vacaciones, sea para el que vive y trabaja en la isla, en contacto con visitantes de tantos países del mundo. ¿Qué busca el corazón humano? ¿Cómo responder a su sed de manera no engañosa? Qué importante es, especialmente para quien se deja orientar por el Evangelio, no reducir todo a comercio y beneficio. «Quienes disfrutan más y viven mejor cada momento son los que dejan de picotear aquí y allá, buscando siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada cosa, aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple. Así son capaces de disminuir las necesidades insatisfechas y reducen el cansancio y la obsesión» (ibíd., 223). Interpreten así, queridos hermanos y hermanas, su vocación a la acogida.

El Evangelio, hoy, parece radicalizar este reto y nos recuerda la riqueza de los pobres: una paradoja que remite directamente a la vida de Jesús, a su verdad, al camino en el que continúa pidiéndonos que lo sigamos. En la página que hemos escuchado, bendice al Padre por esto: es a los pequeños —que en el contexto significa a los mínimos, a los que nadie estima capaz de pensamiento y de palabra— a los que Dios se ha revelado a sí mismo. Los ha enriquecido de aquello que permanece escondido a quienes están rodeados de admiración y de éxito. Con la Exhortación apostólica Dilexi te quise prestar atención a ese lugar privilegiado de los pobres en la Revelación divina y en la misión de la Iglesia.

Es un misterio que resuena de modo totalmente específico en estas islas, en el centro de rutas migratorias que lo hacen lugar de primera acogida de hermanos y hermanas cuyo viaje está generalmente expuesto a peligros y violencias inenarrables. Frente a quien especula con la desesperación, como cristianos no sólo podemos ofrecer un reflejo del Señor que dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). La gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos, que reconozcamos la misteriosa sabiduría de Dios escrita en su misma carne: «Crecidos en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón. Aquellos entre nosotros que no han experimentado situaciones similares, de una vida vivida en el límite, seguramente tienen mucho que recibir de esa fuente de sabiduría que constituye la experiencia de los pobres. Sólo comparando nuestras quejas con sus sufrimientos y privaciones, es posible recibir un reproche que nos invite a simplificar nuestra vida» (Dilexi te, 102). El Señor, que reprende y corrige a los que ama (cf. Ap 3,19), desea hacer sencilla y alegre nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, gracias por lo que son, gracias por lo que hacen, convirtiendo a esta isla en un lugar donde encontrar al corazón de Cristo en el rostro amigo y hospitalario de personas y comunidades fraternas. «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16): que esta confesión de fe transmitida por la Primera carta del apóstol Juan resplandezca siempre en ustedes, y les motive a la oración y a la acción. Presten atención a los adolescentes y a los jóvenes, a los ricos y a los pobres, a los residentes y a los huéspedes: todos ellos necesitan ser conocidos con una mirada que ve más allá de las apariencias y reconoce la profundidad de sus corazones inquietos, que no pocas veces ya está orientado, quizás inconscientemente, hacia el Reino de Dios y su justicia. Que se respire entre ustedes que «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Este es el corazón del Evangelio, el corazón de Cristo. Quien se sumerge en él ya no vive para sí mismo. ¡Abran a todos este mar de amor! Es mi deseo y mi oración para ustedes y para todos aquellos que encuentren en su camino.


Agradecimiento al final de la Santa Misa

Excelencia, le doy las gracias de todo corazón y, con usted, a todo el pueblo de Tenerife, a sus pastores y a las Autoridades civiles.

Queridos hermanos y hermanas, con esta celebración eucarística concluye mi viaje apostólico a España. Doy gracias a Dios y a todos los que me han acogido y que, de mil maneras, han colaborado en la preparación y la realización de los distintos momentos en Madrid, Barcelona y Montserrat, y aquí, en las Islas Canarias.

Regreso a Roma conmovido por el gran afecto con el que me han recibido, y reconfortado por los testimonios de fe y de amor a la Iglesia, expresiones del gran corazón católico de España.

Desde este puerto, que lleva el nombre de la Santa Cruz, mi pensamiento se extiende al mundo entero y a sus heridas, que hacen sufrir a pueblos enteros. A todos quisiera repetirles el lema de este viaje: «¡Alzad la mirada!». Sí, dirijamos la mirada a Cristo Crucificado; su Corazón es la fuente de la misericordia, la única que puede salvar a la humanidad necesitada de perdón y de reconciliación para alcanzar una paz verdadera y duradera. ¡Levantemos la mirada como lo hizo María, la Madre de todos los que sufren, y guiados por ella retomemos el camino con esperanza!

¡Queridos hermanos y hermanas! ¡Gracias de corazón! Permanezcamos unidos en la oración y en la comunión en Cristo y en la santa Iglesia.


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