A vueltas con EL LENGUAJE Y CONCEPTO DE «VULNERABILIDAD»

LA TRAMPA DE LA «VULNERABILIDAD»: ENTRE LA CONFUSIÓN CONCEPTUAL Y EL ABUSO DEL LENGUAJE
Confundir esta palabra con debilidad lleva a un discurso compasivo pero condescendiente, que ve a las personas o grupos “vulnerables” como objetos pasivos, merecedores de lástima o ayuda, en lugar de agentes con resiliencia, capacidades y derechos

[Tribuna de Francisco Rey Marcos para El País, 20.1.26]

Pobreza. "VULNERABILIDAD": A VUELTAS CON EL LENGUAJE Y EL CONCEPTO.En el paisaje lingüístico contemporáneo, ciertas palabras se cargan de significados emocionales y políticos que pueden diluir su precisión conceptual. Vulnerabilidad es una de ellas.

Originalmente, un término técnico proveniente del latín vulnerabilis (“que puede ser herido”), se ha instalado en el discurso cotidiano, psicológico y social. Y muy especialmente en el ámbito del trabajo social local o inte5nacional y en la llamada acción humanitaria.

Sin embargo, este uso extendido no siempre es correcto y, en muchos casos, resulta impreciso, confuso, problemático e interesado. En este camino a la popularización, ha sufrido una distorsión fundamental: se ha confundido peligrosamente con conceptos como debilidad o fragilidad. Este mal uso no es un mero error semántico; constituye una simplificación que empobrece y banaliza nuestra comprensión de la condición humana y está llevando a políticas sociales paternalistas, de corte caritativo o a una visión estática de las personas y sus situaciones.

El primer y más grave desvío es la transformación de la vulnerabilidad en un estado ontológico, en una cualidad intrínseca y general. Se habla de “personas vulnerables”, “grupos vulnerables” o incluso de “una condición de vulnerabilidad” como si se tratara de una cualidad esencial, inherente permanente y general. Esta absolutización omite la estructura relacional y situacional del término.

En su sentido preciso, se es vulnerable “a” algo: a la pobreza, a un ciberataque, a la enfermedad, a la discriminación por motivos de raza o género, a la enfermedad, a un riesgo ambiental, a una estructura económica injusta, a una forma de violencia o a una exclusión institucional. La vulnerabilidad es siempre una relación dialéctica entre un sujeto (individual o colectivo), un contexto específico y una amenaza potencial. En sentido estricto, nadie es vulnerable en abstracto. La vulnerabilidad no es un rasgo absoluto ni una etiqueta universal, sino una relación específica frente a una amenaza concreta.

La vulnerabilidad siempre implica exposición a un peligro específico y una capacidad limitada para afrontarlo. Por ello, afirmar que alguien “es vulnerable” sin precisar a qué lo es, equivale a vaciar el término de contenido analizable y convertirlo en una categoría ambigua. Un ejecutivo de una multinacional puede ser extremadamente vulnerable a un colapso bursátil, pero no a una sequía que afecte su acceso al agua potable; un agricultor de subsistencia puede serlo a esa misma sequía, pero no a la volatilidad de los mercados financieros; el Rey de España puede ser enormemente vulnerable a las ocurrencias de su emérito padre, pero no parece serlo a la sequía o los cambios en los mercados. Reducir la vulnerabilidad a un adjetivo generalizado invisibiliza las estructuras de poder y los sistemas que las producen, personalizando y patologizando lo que es, en gran medida, un fenómeno político y social.

Etiquetar a personas o colectivos como “vulnerables” sin contextualización contribuye a naturalizar la desigualdad, como si esta fuera inherente a quienes la padecen y no el resultado de relaciones de poder, políticas públicas deficientes o sistemas económicos excluyentes. Y contribuye a estigmatizar a esos colectivos.

Esta absolutización conduce directamente al segundo malentendido: la equiparación de vulnerabilidad con debilidad o fragilidad. La debilidad sugiere una carencia de fuerza, una incapacidad. La fragilidad alude a una constitución delicada, propensa a romperse. Ambas implican una falta, un déficit inherente al sujeto. Como señaló la filósofa Judith Butler, la vulnerabilidad es una condición relacional que emerge de la interdependencia humana y de las estructuras sociales, no de un fallo individual.

Una persona puede ser autónoma, fuerte y competente, y aun así ser vulnerable a ciertas amenazas en determinadas circunstancias. Confundir vulnerabilidad con inferioridad personal reduce el fenómeno a una característica individual y oculta las condiciones sociales que lo producen. Esta confusión no es inocente. Etiquetar a personas o colectivos como “vulnerables” sin contextualización contribuye a naturalizar la desigualdad, como si esta fuera inherente a quienes la padecen y no el resultado de relaciones de poder, políticas públicas deficientes o sistemas económicos excluyentes. Y contribuye a estigmatizar a esos colectivos.

Por otro lado, la distribución social de la vulnerabilidad —quién está expuesto a qué amenazas y con qué recursos para enfrentarlas— es profundamente desigual y es ahí donde radica la injusticia. La pensadora feminista Martha Fineman, con su teoría de la “vulnerabilidad universal”, argumenta precisamente que, al reconocer que todos somos sujetos vulnerables, el Estado debe centrarse en crear “instituciones resilientes” que mitiguen las desventajas, en lugar de etiquetar a ciertos grupos como intrínsecamente frágiles.

El lenguaje de la vulnerabilidad, mal empleado, puede reforzar el paternalismo y despojar a los sujetos de su capacidad de ser agentes, presentándolos únicamente como receptores pasivos de protección, sin capacidades para afrontar las amenazas

Confundir vulnerabilidad con debilidad lleva a un discurso compasivo pero condescendiente, que ve a las personas o grupos “vulnerables” como objetos pasivos, merecedores de lástima o ayuda, en lugar de agentes con resiliencia, capacidades y derechos. El lenguaje de la vulnerabilidad, mal empleado, puede reforzar el paternalismo y despojar a los sujetos de ser agentes, presentándolos únicamente como receptores pasivos de protección, sin capacidades para afrontar las amenazas.

Las consecuencias de esta confusión terminológica son tangibles. En el ámbito de las políticas públicas, designar a un grupo como “vulnerable” sin especificar a qué, puede llevar a intervenciones genéricas y asistencialistas que no atacan las raíces sistémicas de su exposición al daño. Lo estamos viendo en numerosos países, entre ellos, España. El sociólogo Loïc Wacquant critica cómo el lenguaje de la vulnerabilidad puede servir para “despolitizar” la pobreza, transformando una cuestión de justicia económica y redistribución en un mero problema de gestión de poblaciones marginales.

En la psicología popular, la exhortación a “mostrar vulnerabilidad” —popularizada por autores como Brené Brown, quien la asocia con el coraje, la autenticidad y la conexión—, aunque valiosa, corre el riesgo de ser trivializada si se olvida su dimensión contextual. Brown enfatiza que la vulnerabilidad requiere límites y confianza; no es una exposición indiscriminada. Revelar las propias heridas solo es seguro en contextos de respeto; de lo contrario, puede aumentar la exposición a nuevas agresiones. No se invita a ser “vulnerable” en abstracto, sin considerar que la vulnerabilidad siempre es ante alguien o ante algo.

Recuperar la precisión del término es, por tanto, un acto de rigor ético y político. Implica, en primer lugar, reinstaurar la preposición “a”: siempre debemos preguntarnos “vulnerable, ¿a qué?”, y “¿bajo qué condiciones?”. En segundo lugar, requiere desligarla de la dicotomía fortaleza/debilidad. La vulnerabilidad no es lo opuesto a la resiliencia; de hecho, es su presupuesto. Solo porque somos vulnerables podemos ser resilientes. La resiliencia es la capacidad de responder, adaptarse y recuperarse ante las amenazas a las que somos vulnerables, tal como lo estudian las ciencias de la sostenibilidad, la reducción de riesgo de desastres y la psicología comunitaria.

En conclusión, el mal uso del término “vulnerabilidad” al convertirlo en un estado absoluto y confundirlo con debilidad, no es una mera imprecisión lingüística. Es un síntoma de un pensamiento borroso que, al descontextualizar la exposición a la amenaza y el daño, termina por naturalizar las desigualdades y despojar a las personas de su poder como agentes.

La vulnerabilidad, bien entendida, no nos debilita; nos revela la urdimbre fundamental de nuestra interdependencia y la responsabilidad colectiva de tejer redes que protejan, sin anular, esa condición compartida

Reconocer que la vulnerabilidad es relacional, situacional y universalmente humana, pero desigualmente distribuida, nos obliga a un análisis más fino de las estructuras sociales. Nos lleva a una solidaridad basada no en la lástima por el “débil” o “vulnerable”, sino en la justicia y el compromiso por transformar aquellas condiciones que exponen de manera injusta y evitable a unos más que a otros a sufrir daño.

La vulnerabilidad, bien entendida, no nos debilita; nos revela la urdimbre fundamental de nuestra interdependencia y la responsabilidad colectiva de tejer redes que protejan, sin anular, esa condición compartida. Reconocer que la vulnerabilidad es siempre contextualizada, situada, relacional y específica, y que no equivale a debilidad ni fragilidad, resulta fundamental para evitar estigmatizaciones y para comprender con mayor precisión las dinámicas de riesgo y desigualdad. Recuperar el rigor del concepto implica dejar de usarlo como una etiqueta general y asumirlo como una herramienta analítica que revela no quiénes “son” vulnerables, sino a qué y por qué lo son.

¿Hablamos de Julio Iglesias o hablamos de Huelva?

PUNTA CANA, BAHAMAS, HUELVA
España lleva desde hace más de 72 horas hablando de las denuncias de varias mujeres que trabajaban para el cantante Julio Iglesias. Pero hay escenarios de terror que no tienen lugar en ninguna mansión

[Artículo de Ángeles Caballero para El País de 16.1.26]
[Foto by Policía Nacional. Detenido en Huelva por explotación laboral y sexual de mujeres migrantes irregulares contratadas en el sector agrícola.]

[para situar las referencias temporales del articulo, nótese que fue escrito el viernes 16]

Explotación laboral y sexual de migrantes en Huelva. Foto: Policía Nacional.Una mujer consigue trabajo. Para ella es la única oportunidad de salir de la pobreza, de iniciar un camino que le dé, quizá, un lugar en el mundo. Cuando llega, en aquel ambiente laboral se respira impunidad y cautividad. Podrá salir de allí cuando él, su jefe, lo estime oportuno. La libertad de movimiento no es una opción, sino el capricho de quien la ha contratado con unas condiciones y unos horarios que espantarían a cualquier abogado laboralista. Pero qué va a saber ella, si solo quiere dejar de ser pobre, si solo le han hablado de obligaciones y no de derechos, si es que los tiene.

De vez en cuando, su jefe la agrede sexualmente, hace lo que quiere con ella, porque para eso la ha comprado, piensa él. A ella o a algunas de sus compañeras, sometidas a las mismas condiciones de trabajo. Ella no quiere porque sabe que eso no es para lo que la han traído a este lugar de trabajo tan apartado, en el que se siente tan sola. Pero el jefe le advierte de que, si protesta, se niega o si se le ocurre contárselo a alguien, perderá el empleo, a lo mejor también el salario, y si se pone especialmente tonta, la denunciada podría ser ella y se sabría que no tiene papeles.

España lleva desde hace más de 72 horas hablando de las denuncias de varias mujeres que trabajaban para el cantante Julio Iglesias. Pero hay escenarios de terror a costa de la vulnerabilidad de las mujeres más pobres, las de los márgenes, las nadie, que no tienen lugar en ninguna imponente mansión de Punta Cana y de las Bahamas. Lo narrado en los dos párrafos anteriores ha ocurrido bastante más cerca, concretamente en la provincia de Huelva, donde el martes, el mismo día que lo de Julio, fue detenido un hombre por explotación sexual y laboral de mujeres migrantes irregulares contratadas como temporeras para el sector agrícola.

El detenido no es un cantante de fama mundial sino un empresario anónimo de la zona suroeste de España, pero se le acusa de agresión sexual, trata de seres humanos y de actuar contra los derechos de los trabajadores. La investigación policial habla de un patrón delictivo que se aprovecha de la precariedad económica y social para imponer condiciones de trabajo ilegales. Hay casualidades que nos hielan la sangre. A medio camino entre Punta Cana e Irán.

Taller: CONVIVENCIA INTERCULTURAL en NUESTRAS COMUNIDADES

Discapacidad. Local accesible a personas con movilidad reducida.

Más allá de los estereotipos y prejuicios:
CONSTRUYENDO CONVIVENCIA INTERCULTURAL EN NUESTRAS COMUNIDADES

Migraciones. Más allá de los estereotipos y prejuicios: CONSTRUYENDO CONVIVENCIA INTERCULTURAL EN NUESTRAS COMUNIDADES.¿Cómo construir comunidades acogedoras y fraternas? ¿Cómo fortalecer una convivencia intercultural real y transformadora desde nuestras comunidades parroquiales, proyectos, obras y servicios?

La realidad de la movilidad humana en nuestra Diócesis nos interpela cada día con nuevos retos y oportunidades. Personas de diferentes orígenes, culturas y trayectorias vitales forman ya parte de nuestras comunidades, invitándonos a ensanchar la mirada y a avanzar hacia un “nosotros” cada vez más amplio, inclusivo y corresponsable.

Por este motivo, Cáritas diocesana de Madrid, junto con la Delegación de Pastoral de la Movilidad Humana de nuestra archidiócesis de Madrid, han programado un taller formativo de carácter vivencial y práctico, orientado a ofrecer recursos concretos y experiencias compartidas para impulsar comunidades verdaderamente acogedoras.

El taller está pensado como un espacio de aprendizaje colectivo, donde reflexionar conjuntamente, compartir prácticas y descubrir claves que ayuden a fortalecer la convivencia intercultural en los territorios, desde una perspectiva comunitaria, evangélica y con enfoque de derechos y dignidad de todas las personas.

Esta iniciativa se enmarca en la misión de la Iglesia de ser casa abierta y lugar de encuentro, especialmente con quienes viven procesos de migración y movilidad forzada, tal y como recuerdan de forma reiterada el magisterio social y la acción pastoral de la Iglesia universal y local.

Una invitación abierta a personas voluntarias, agentes pastorales, equipos parroquiales, profesionales y comunidades que deseen seguir construyendo espacios donde nadie se sienta extraño y todas las personas puedan sentirse parte.

Te animamos a participar y a difundirlo en tu parroquia, arciprestazgo, proyecto, en tu entidad, obra o servicio. Es una oportunidad para crecer juntas y juntos en fraternidad y corresponsabilidad.

Datos del taller – – – – – – –

Migraciones. Más allá de los estereotipos y prejuicios: CONSTRUYENDO CONVIVENCIA INTERCULTURAL EN NUESTRAS COMUNIDADES.

José L. Pinilla – EL REGALO QUE LLEGA TARDE (y no es oro, incienso o mirra).

EL REGALO QUE LLEGA TARDE
(y no es oro, incienso o mirra)

Por José Luis Pinilla, SJ,
para Vida Nueva Digital de 5.1.26.

Dicen que hubo un cuarto rey.

No aparece en los Evangelios ni en los belenes de escayola, pero camina por la memoria secreta de quienes han aprendido que llegar tarde no siempre es llegar mal.

Se llamaba Artabán.

El cuarto Rey Mago. Por José Luis Pinilla.
Otros dones

Y no llevaba oro, incienso ni mirra. Llevaba lo que hoy aún pesa en los bolsillos del alma: tiempo, palabra, escucha, conciencia; llevaba la capacidad de indignarse ante la injusticia y la torpeza bendita de detenerse cuando el mundo apremia a pasar de largo. Llevaba, sin saberlo, los dones frágiles que también sostiene nuestra sociedad: sanidad que cura, educación que despierta, derechos que protegen, manos anónimas que sostienen a los caídos.

Ese rey había quedado con los otros reyes en una ciudad antigua, allí donde el desierto aprende a pronunciar los nombres de Dios. La estrella estaba clara, el acuerdo sellado. Pero en el camino encontró a un anciano tendido junto al polvo, enfermo y solo. Nadie lo esperaba. Nadie lo contaba. Artabán se arrodilló. Perdió tiempo. Regaló cuidado. Y cuando levantó la vista, los otros ya se habían marchado.

Así comenzó su viaje solitario.

No regresó. No se excusó. Siguió adelante. Siempre hacia Belén. Siempre un poco tarde.

Hacia Belén

Cuando llegó, el niño ya no estaba. La violencia había vuelto a escribir la historia con sangre, y la Sagrada Familia huía como huyen hoy tantos: sin papeles, sin escolta, sin más patria que el miedo. Artabán entendió entonces que buscar a Dios no es seguir una estrella fija, sino aprender a reconocerla cuando se esconde en los cuerpos vulnerables.

Y caminó.

Cada día encontraba a alguien que necesitaba más que él. Un enfermo al que nadie tocaba. Un preso olvidado por la ley. Un hambriento con los ojos llenos de invierno. Una mujer vendida para pagar culpas ajenas. Y cada vez, Artabán entregaba uno de sus dones: tiempo robado al éxito, palabras dichas a contracorriente, recursos compartidos, silencios habitados, indignación convertida en ternura.

Su equipaje se fue vaciando.

Pero su corazón, no.

Su última esperanza

Treinta y tres años duró la búsqueda. La edad exacta de los hombres que aman hasta el extremo. Llegó a Jerusalén cuando la justicia ya había sido crucificada y el amor colgaba desnudo de la historia. Allí, al pie del Gólgota, con Cristo abierto de brazos,   comprendió que tampoco esta vez llegaba a tiempo.

Miró y consideró ignacianamente al “Señor nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (EE 116).

Se miró a sí mismo: Solo le quedaba un don: su última esperanza.

Y la entregó. Como siempre. Para liberar a otra persona. Para salvar a alguien que no era él.

Entonces cayó. Exhausto. Convencido de haber fracasado.

Nunca adoró al Niño.

Nunca entregó sus regalos.

Nunca llegó a Belén.

O eso creyó.

Porque en el umbral de la muerte escuchó una voz —no desde el cielo, sino desde lo hondo— que le habló de cada gesto, de cada demora, de cada acto de compasión. De cada vez que eligió detenerse cuando el mundo exigía velocidad. De cada vez que defendió la dignidad humana con las manos vacías.

— ¿Cuándo hice yo eso por ti? —preguntó Artabán.

Y la respuesta fue sencilla, como lo son todas las verdades que salvan:

— Cada vez que lo hiciste por uno de ellos, llegaste a mí.

Por eso este relato se ofrece como frontispicio.

Porque quizá el regalo que esperas de Reyes no sea llegar primero, sino llegar hondo.

No tener más, sino compartir mejor.

No brillar, sino acompañar.

Y porque tal vez —solo tal vez— el cuarto rey sigamos siendo nosotros.

CIE de Aluche – LA PARADOJA DE LA OSCURIDAD EL DÍA DE LA ESTRELLA DE LOS MAGOS

PARADÓJICA CELEBRACIÓN DE EPIFANÍA Y REYES
EN EL CENTRO DE INTERNAMIENTO DE EXTRANJEROS (CIE)
DE ALUCHE – Madrid

Por Rufino García Antón, sacerdote diocesano de Madrid,
capellán en el CIE de Aluche y delegado episcopal de Migraciones.

Lucía un sol luminoso y tibio, propio del invierno, cuando me dirigía ayer, 6 de enero, a celebrar la Misa de Epifanía y de Reyes al Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche, cargado con todos los elementos necesarios para la celebración en la mochila y el macuto, como hago habitualmente.

CIE de Aluche. Paradójica Celebración Epifanía y Magos. Luz en la oscuridad.Iba yo cavilando en mi cabeza e interiorizando en mi corazón cómo transmitiría a las personas internas el sentido de la Epifanía, el manifestarse de Dios a todos los pueblos, reflejados en aquellos Magos que siguieron la Estrella hasta encontrar al Niño, a José y María en un pesebre ,y le adoraron, Y tambièn transmitir el gran regalo que Dios nos hace de su Amor sin fronteras y del regalo que estamos llamados a ser unos para otros con nuestra actitud acogedora y hospitalaria.

Una vez ya en el lugar de la celebración -un sótano de por sí lóbrego y oscuro- y con todas las personas dispuestas para empezar la Eucaristía (22 en total), se apagó la luz y quedamos absolutamente en tinieblas.

No fue una avería momentánea que se solucionase rápidamente; habían saltado los plomos y la luz no volvió a aquel lugar, ahora ya no solo lóbrego y oscuro, sino tenebroso. Una humilde vela encendida junto a una imagen del Niño Jesús que adoramos al final y la linterna del móvil, nos sirvieron para “iluminar” aquel espacio.

¡Ah! Y la luz más importante, la que provenía de la presencia de Jesús en todas aquellas personas que celebrábamos, como Él nos dijo: “donde dos o más están reunidas en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Esa luz que el profeta Isaías describía expresivamente en la primera lectura: “Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (Is 60,2-3). ¡Pues vaya si brilló la luz en aquel espació lóbrego y tenebroso en todos los sentidos! La profecía de Isaías se cumplió sin glosa allí.

Y esta es la gran paradoja que tanto nos cuesta comprender y sobre todo vivir: que Dios nada cada día y en cada momento en los márgenes de la historia, que se “hace carne y habita entre nosotros”, “que vino a su casa, y los suyos no lo recibieron”, “que la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió”… (Jn 1,18).

Y esta es la paradoja que vivimos ayer en la celebración en el CIE: que estando a oscuras, la luz de Jesús brilló en las tinieblas y nos iluminó a todas las personas que participamos en ella; esa luz se reflejaba de una manera real y misteriosa a la vez en aquellos rostros heridos y vulnerados que no se perdían un ápice de lo que allí se decía y se celebraba, que se acercaron a adorar a Jesús y a recibir su bendición con verdadera unción, etc.

Y Jesús, por su parte, les estaba diciendo y nos está diciendo: “Venid, benditos de mi Padre, porque fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). Aquellos a quienes Jesús acoge de una manera especial le acogen también a Él.

¡Bendita y paradójica celebración de Epifanía y de Reyes en el CIE de Aluche!

A 7 de enero de 2026.
Rufino García Antón, capellán en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche.