Sobre la Regularización: ROSTROS ANTES QUE CIFRAS

ROSTROS ANTES QUE CIFRAS
una lectura humana (desde la Iglesia) de la regularización extraordinaria

[tomado de Agenda Pública, 30.1.26]

Los jesuitas de Níjar (Almería), que trabajan habitualmente con inmigrantes, subrayan que «el apoyo de los obispos, la Conferencia Episcopal y de otras realidades eclesiales a la regularización no nace de una toma de partido coyuntural, sino de una experiencia prolongada de acompañamiento». A su juicio, «mantener a cientos de miles de personas en la irregularidad permanente no protegía el orden social, sino que lo debilitaba; no favorecía la convivencia, sino que normalizaba la precariedad y el abuso».

Migrantes ROSTROS ANTES QUE CIFRAS. Una lectura humana (desde la Iglesia) de la regularización extraordinaria.Durante años, España ha convivido con una paradoja silenciosa: cientos de miles de personas forman parte de la vida cotidiana —trabajando, cuidando, sosteniendo sectores enteros de la economía y de la vida comunitaria— sin existir plenamente a ojos del derecho. No son una abstracción ni una amenaza difusa. Tienen nombre, horarios, trabajos, vecinos, responsabilidades.

La regularización extraordinaria aprobada recientemente por el Gobierno no irrumpe en una sociedad vacía ni crea de la nada una nueva realidad social. Llega, más bien, al final de un proceso largo en el que esas vidas ya estaban siendo acompañadas, defendidas y promovidas desde abajo, en barrios, asociaciones, institutos, centros de salud, sindicatos o parroquias. Por eso, reducir esta medida a una «regularización masiva» simplifica en exceso lo ocurrido y oscurece lo verdaderamente relevante.

¿Quiénes son las personas regularizadas?

Hablar de regularización extraordinaria en términos agregados —cientos de miles de personas, plazos administrativos, requisitos legales— resulta inevitable, pero insuficiente. La realidad que esta medida alcanza es, ante todo, biográfica. Son trayectorias largas, muchas veces invisibles, que han transcurrido en el cruce entre la necesidad de trabajar, el arraigo progresivo y la ausencia de un reconocimiento jurídico estable.

Está la mujer que cuida a personas mayores desde hace años, enlazando empleos precarios y sosteniendo hogares ajenos mientras el suyo quedaba suspendido en un limbo administrativo. Está el jornalero que ha pasado campañas enteras en la agricultura intensiva de los invernaderos, contribuyendo de forma decisiva a un sector estratégico desde condiciones de extrema vulnerabilidad. Está el trabajador de la hostelería o del reparto que atravesó la pandemia manteniendo servicios esenciales sin contrato regular ni protección suficiente. En no pocos casos, estas personas participan además en asociaciones vecinales, comunidades religiosas o redes de apoyo mutuo que estructuran la vida cotidiana de barrios y pueblos.

Nada de esto comenzó con el decreto. La regularización no crea estas vidas ni las incorpora por primera vez a la sociedad; se limita a reconocer jurídicamente una presencia que ya era social, económica y relacional. Por eso resulta problemático hablar de «masa» o de «regularización masiva». No hay aquí una realidad indiferenciada, sino una pluralidad de historias concretas que comparten una vulnerabilidad común: haber vivido durante años sin el amparo pleno del derecho.

Poner el foco en los rostros no es un recurso sentimental. Es una exigencia analítica. Solo desde ahí se comprende que la irregularidad administrativa no era una anomalía marginal, sino un rasgo estructural de nuestro modelo de convivencia, y que la regularización apunta a corregir esa disonancia entre vida real y reconocimiento institucional.

Un proceso desde abajo: la pluralidad de actores que lo hicieron posible

La regularización extraordinaria no puede entenderse únicamente como una decisión adoptada en el Consejo de Ministros. Llega precedida de un proceso social largo, articulado a través de una constelación de actores muy diversos que, durante años, han trabajado en los márgenes de un sistema migratorio incapaz de absorber la realidad que generaba.

La iniciativa legislativa popular (ILP) por la regularización fue la expresión más visible de ese proceso, pero no su punto de partida. Detrás de las casi 800.000 firmas hubo decenas de organizaciones de personas migrantes, entidades sociales, sindicatos, plataformas ciudadanas, profesionales del derecho, de la salud y de la educación. Y también parroquias, congregaciones religiosas, Cáritas, el Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) y otras muchas realidades eclesiales que, desde su inserción territorial, acompañaban situaciones concretas de exclusión jurídica.

Este entramado no actuó como un bloque homogéneo ni con una sola voz. Fue —y sigue siendo— plural, descentralizado y a veces incluso disonante. Precisamente ahí reside su fuerza: en haber sostenido, desde lugares distintos, una misma constatación práctica. Mantener a cientos de miles de personas en la irregularidad permanente no protegía el orden social, sino que lo debilitaba; no favorecía la convivencia, sino que normalizaba la precariedad y el abuso.

Hablar de este proceso permite desplazar el foco del debate. No estamos ante una concesión graciosa ni ante un gesto unilateral del poder político, sino ante el reconocimiento institucional de una presión cívica sostenida. Una acción colectiva que no buscaba privilegios, sino coherencia entre derechos proclamados y vidas reales.

Para el bien común: una lectura desde la ética social cristiana

Más allá de su dimensión jurídica, la regularización extraordinaria plantea una pregunta de fondo: qué entendemos por bien común en una sociedad atravesada por la movilidad humana. Desde la tradición de la doctrina social de la Iglesia, el bien común no es la suma de intereses individuales ni el simple equilibrio entre mayorías y minorías, sino el conjunto de condiciones que permiten a todas las personas desarrollar una vida digna en comunidad.

Leída desde ahí, la regularización no es un gesto ideológico ni una medida movida por la mera compasión. Es una decisión que responde a una evidencia ética: una sociedad funciona peor cuando acepta como normal que una parte significativa de quienes la sostienen viva sin derechos plenos. La irregularidad administrativa prolongada no beneficia a nadie; genera miedo, explotación, economía sumergida y fractura social.

Los cuatro verbos que el Papa Francisco ha propuesto reiteradamente —acoger, proteger, promover e integrar— ayudan a nombrar esta lógica sin necesidad de convertirlos en consignas. Acoger significa reconocer una presencia ya existente. Proteger implica sacar a las personas de la intemperie jurídica. Promover supone abrir posibilidades reales de desarrollo personal y laboral. Integrar no es asimilar, sino permitir una participación plena en la vida social.

Desde esta clave, el apoyo de los obispos, la Conferencia Episcopal y de otras realidades eclesiales a la regularización no nace de una toma de partido coyuntural, sino de una experiencia prolongada de acompañamiento. Allí donde la Iglesia ha estado cerca de las vidas concretas, la irregularidad no aparecía como un principio abstracto, sino como un obstáculo cotidiano para la dignidad y la convivencia.

Cierre (o apertura)

El debate sobre la regularización extraordinaria seguirá abierto, como es lógico en una sociedad plural. Pero quizá convenga desplazar la mirada: no tanto hacia la excepcionalidad de la medida como hacia la normalidad de las vidas que reconoce. Desde esta perspectiva, el respaldo de amplios sectores de la sociedad civil —incluidas muchas realidades eclesiales— no responde a una lógica ideológica ni a un cálculo coyuntural. Brota de una experiencia concreta: la de haber acompañado durante años a personas que ya estaban aquí y cuya exclusión jurídica no fortalecía a la sociedad, sino que la empobrecía.

La regularización no resuelve todos los problemas del sistema migratorio, pero recuerda algo elemental: el bien común no se construye levantando muros administrativos, sino ampliando derechos allí donde la vida ya había encontrado la forma de sostenerse.

Comunidad jesuita de Níjar
Servicio Jesuita a Migrantes Almería
La comunidad jesuita Padre Rubio reside en Casa Arrupe en Puebloblanco (Níjar, Almería), en medio del mar de plástico, como comunidad de acogida junto con trabajadores inmigrantes de los invernaderos. Su misión se centra en acompañar, servir y defender a estas personas, en el marco del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM-Almería).

José L. Pinilla – EL REGALO QUE LLEGA TARDE (y no es oro, incienso o mirra).

EL REGALO QUE LLEGA TARDE
(y no es oro, incienso o mirra)

Por José Luis Pinilla, SJ,
para Vida Nueva Digital de 5.1.26.

Dicen que hubo un cuarto rey.

No aparece en los Evangelios ni en los belenes de escayola, pero camina por la memoria secreta de quienes han aprendido que llegar tarde no siempre es llegar mal.

Se llamaba Artabán.

El cuarto Rey Mago. Por José Luis Pinilla.
Otros dones

Y no llevaba oro, incienso ni mirra. Llevaba lo que hoy aún pesa en los bolsillos del alma: tiempo, palabra, escucha, conciencia; llevaba la capacidad de indignarse ante la injusticia y la torpeza bendita de detenerse cuando el mundo apremia a pasar de largo. Llevaba, sin saberlo, los dones frágiles que también sostiene nuestra sociedad: sanidad que cura, educación que despierta, derechos que protegen, manos anónimas que sostienen a los caídos.

Ese rey había quedado con los otros reyes en una ciudad antigua, allí donde el desierto aprende a pronunciar los nombres de Dios. La estrella estaba clara, el acuerdo sellado. Pero en el camino encontró a un anciano tendido junto al polvo, enfermo y solo. Nadie lo esperaba. Nadie lo contaba. Artabán se arrodilló. Perdió tiempo. Regaló cuidado. Y cuando levantó la vista, los otros ya se habían marchado.

Así comenzó su viaje solitario.

No regresó. No se excusó. Siguió adelante. Siempre hacia Belén. Siempre un poco tarde.

Hacia Belén

Cuando llegó, el niño ya no estaba. La violencia había vuelto a escribir la historia con sangre, y la Sagrada Familia huía como huyen hoy tantos: sin papeles, sin escolta, sin más patria que el miedo. Artabán entendió entonces que buscar a Dios no es seguir una estrella fija, sino aprender a reconocerla cuando se esconde en los cuerpos vulnerables.

Y caminó.

Cada día encontraba a alguien que necesitaba más que él. Un enfermo al que nadie tocaba. Un preso olvidado por la ley. Un hambriento con los ojos llenos de invierno. Una mujer vendida para pagar culpas ajenas. Y cada vez, Artabán entregaba uno de sus dones: tiempo robado al éxito, palabras dichas a contracorriente, recursos compartidos, silencios habitados, indignación convertida en ternura.

Su equipaje se fue vaciando.

Pero su corazón, no.

Su última esperanza

Treinta y tres años duró la búsqueda. La edad exacta de los hombres que aman hasta el extremo. Llegó a Jerusalén cuando la justicia ya había sido crucificada y el amor colgaba desnudo de la historia. Allí, al pie del Gólgota, con Cristo abierto de brazos,   comprendió que tampoco esta vez llegaba a tiempo.

Miró y consideró ignacianamente al “Señor nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí” (EE 116).

Se miró a sí mismo: Solo le quedaba un don: su última esperanza.

Y la entregó. Como siempre. Para liberar a otra persona. Para salvar a alguien que no era él.

Entonces cayó. Exhausto. Convencido de haber fracasado.

Nunca adoró al Niño.

Nunca entregó sus regalos.

Nunca llegó a Belén.

O eso creyó.

Porque en el umbral de la muerte escuchó una voz —no desde el cielo, sino desde lo hondo— que le habló de cada gesto, de cada demora, de cada acto de compasión. De cada vez que eligió detenerse cuando el mundo exigía velocidad. De cada vez que defendió la dignidad humana con las manos vacías.

— ¿Cuándo hice yo eso por ti? —preguntó Artabán.

Y la respuesta fue sencilla, como lo son todas las verdades que salvan:

— Cada vez que lo hiciste por uno de ellos, llegaste a mí.

Por eso este relato se ofrece como frontispicio.

Porque quizá el regalo que esperas de Reyes no sea llegar primero, sino llegar hondo.

No tener más, sino compartir mejor.

No brillar, sino acompañar.

Y porque tal vez —solo tal vez— el cuarto rey sigamos siendo nosotros.

CIE de Aluche – LA PARADOJA DE LA OSCURIDAD EL DÍA DE LA ESTRELLA DE LOS MAGOS

PARADÓJICA CELEBRACIÓN DE EPIFANÍA Y REYES
EN EL CENTRO DE INTERNAMIENTO DE EXTRANJEROS (CIE)
DE ALUCHE – Madrid

Por Rufino García Antón, sacerdote diocesano de Madrid,
capellán en el CIE de Aluche y delegado episcopal de Migraciones.

Lucía un sol luminoso y tibio, propio del invierno, cuando me dirigía ayer, 6 de enero, a celebrar la Misa de Epifanía y de Reyes al Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche, cargado con todos los elementos necesarios para la celebración en la mochila y el macuto, como hago habitualmente.

CIE de Aluche. Paradójica Celebración Epifanía y Magos. Luz en la oscuridad.Iba yo cavilando en mi cabeza e interiorizando en mi corazón cómo transmitiría a las personas internas el sentido de la Epifanía, el manifestarse de Dios a todos los pueblos, reflejados en aquellos Magos que siguieron la Estrella hasta encontrar al Niño, a José y María en un pesebre ,y le adoraron, Y tambièn transmitir el gran regalo que Dios nos hace de su Amor sin fronteras y del regalo que estamos llamados a ser unos para otros con nuestra actitud acogedora y hospitalaria.

Una vez ya en el lugar de la celebración -un sótano de por sí lóbrego y oscuro- y con todas las personas dispuestas para empezar la Eucaristía (22 en total), se apagó la luz y quedamos absolutamente en tinieblas.

No fue una avería momentánea que se solucionase rápidamente; habían saltado los plomos y la luz no volvió a aquel lugar, ahora ya no solo lóbrego y oscuro, sino tenebroso. Una humilde vela encendida junto a una imagen del Niño Jesús que adoramos al final y la linterna del móvil, nos sirvieron para “iluminar” aquel espacio.

¡Ah! Y la luz más importante, la que provenía de la presencia de Jesús en todas aquellas personas que celebrábamos, como Él nos dijo: “donde dos o más están reunidas en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Esa luz que el profeta Isaías describía expresivamente en la primera lectura: “Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (Is 60,2-3). ¡Pues vaya si brilló la luz en aquel espació lóbrego y tenebroso en todos los sentidos! La profecía de Isaías se cumplió sin glosa allí.

Y esta es la gran paradoja que tanto nos cuesta comprender y sobre todo vivir: que Dios nada cada día y en cada momento en los márgenes de la historia, que se “hace carne y habita entre nosotros”, “que vino a su casa, y los suyos no lo recibieron”, “que la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió”… (Jn 1,18).

Y esta es la paradoja que vivimos ayer en la celebración en el CIE: que estando a oscuras, la luz de Jesús brilló en las tinieblas y nos iluminó a todas las personas que participamos en ella; esa luz se reflejaba de una manera real y misteriosa a la vez en aquellos rostros heridos y vulnerados que no se perdían un ápice de lo que allí se decía y se celebraba, que se acercaron a adorar a Jesús y a recibir su bendición con verdadera unción, etc.

Y Jesús, por su parte, les estaba diciendo y nos está diciendo: “Venid, benditos de mi Padre, porque fui forastero y me acogisteis” (Mt 25,35). Aquellos a quienes Jesús acoge de una manera especial le acogen también a Él.

¡Bendita y paradójica celebración de Epifanía y de Reyes en el CIE de Aluche!

A 7 de enero de 2026.
Rufino García Antón, capellán en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Aluche.

León XIV: CULTURA DE RECONCILIACIÓN frente a GLOBALIZACIÓN DE LA IMPOTENCIA

LEÓN XIV
CULTURA DE LA RECONCILIACIÓN FRENTE A GLOBALIZACIÓN DE LA IMPOTENCIA
Discurso para el Encuentro «Refugiados y Migrantes en nuestra Casa Común»
– 2.10.25. Fuente original en este enlace

Empecemos, así, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con vosotros. Buenos días a todos, y bienvenidos.

León XIV. Discurso para el Encuentro "Refugiados y Migrantes en nuestra Casa Común".

Es un placer para mí daros la bienvenida al Vaticano en el ámbito de vuestra conferencia, que tiene como tema “Refugiados y migrantes en nuestra casa común”. Doy las gracias a los organizadores de estas jornadas de debate, reflexión y colaboración, como también a cada uno de vosotros por su presencia y las contribuciones que da a esta iniciativa.

El tiempo que pasáis juntos da inicio a un proyecto trienal con el objetivo de crear “planes de acción” centrados en cuatro pilares fundamentales: enseñanza, investigación, servicio y apoyo. De tal manera, acogéis la invitación dirigida por el Papa Francisco a las comunidades académicas a ayudar a responder a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas desplazados, concentrándoos en las áreas de vuestra competencia. (cfr. Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en un encuentro sobre refugiados organizado por la Pontificia Universidad Gregoriana, 29 de septiembre de 2022).

Estos pilares forman parte de la misma misión: reunir las voces más autorizadas de una variedad de disciplinas con el fin de responder a los actuales desafíos urgentes planteados por el creciente número de personas, estimado actualmente en más de 100 millones, que se ven afectadas por la migración y el desplazamiento.

Rezo para que vuestros esfuerzos al respecto produzcan ideas y enfoques nuevos, buscando siempre poner la dignidad de cada persona humana en el centro de toda solución.

Mientras proseguís vuestro encuentro, quisiera sugerir dos temas que podríais integrar en vuestros planes de acción: la reconciliación y la esperanza.

Uno de los obstáculos que a menudo surgen cuando se afrontan dificultades de tales dimensiones es la actitud de indiferencia por parte tanto de las instituciones como de los individuos. Mi venerable predecesor ha hablado de “globalización de la indiferencia”, allí donde nos acostumbramos a los sufrimientos de los otros y ya no tratamos de aliviarlos. Esto puede llevar a esa que anteriormente he definido “globalización de la impotencia”, cuando corremos el riesgo de volvernos inmóviles, silenciosos y quizá tristes, pensando que no se puede hacer nada cuando nos encontramos delante del sufrimiento de inocentes (cfr. Videomensaje con ocasión de la presentación de la candidatura del proyecto “Gestos de la acogida” a la lista del patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO, 12 de septiembre de 2025).

Así como el Papa Francisco habló de la cultura del encuentro como antídoto a la globalización de la indiferencia, también nosotros debemos comprometernos para afrontar la globalización de la impotencia promoviendo una cultura de reconciliación.

De esta manera particular de encontrar a los otros, «debemos encontrarnos curando nuestras heridas, perdonándonos el mal que hemos hecho y también el que no hemos hecho, pero del que llevamos los efectos». Esto exige paciencia, disponibilidad a la escucha, capacidad de identificarse con el dolor de los otros y el reconocimiento de que tenemos los mismos sueños y las mismas esperanzas.

Quisiera por tanto animaros a llevar formas concretas para promover gestos y políticas de reconciliación, especialmente en tierras donde hay heridas profundas causadas por conflictos de larga duración. Esta no es una tarea sencilla, pero si queremos que los esfuerzos de trabajar por un cambio duradero tengan éxito, estos deben incluir formas para tocar los corazones y las mentes.

Al formular vuestros planes de acción es importante también recordar que migrantes y refugiados pueden ser testigos privilegiados de esperanza a través de su resiliencia y su confianza en Dios (cfr. Mensaje para la 111ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado).

A menudo conservan su fuerza mientras buscan un futuro mejor, no obstante los obstáculos que encuentran. Mientras nos preparamos para celebrar los Jubileos de los Migrantes y de las Misiones en este Año Santo jubilar, os animo a resaltar estos ejemplos de esperanza en las comunidades en las que servís. De tal manera pueden servir de inspiración para los otros y ayudar a desarrollar formas para hacer frente a los desafíos que han afrontado en su vida.

Con estos sentimientos, os deseo una conferencia fructífera y rezo para que, iluminados por el Espíritu Santo, podáis continuar trabajando para encontrar soluciones comprensivas con el fin de promover una cultura del encuentro, reconciliación y solidaridad fraterna en beneficio de todos. Con gusto imparto mi bendición a cada uno de vosotros y a los que forman parte de vuestra misión. Gracias.

Recemos juntos como nos ha enseñado Jesús: Padre nuestro…

CÍRCULO DE SILENCIO en solidaridad con los inmigrantes (dic. 25)

Discapacidad. Local accesible a personas con movilidad reducida.

CÍRCULO DE SILENCIO
en solidaridad con los inmigrantes
– 5.12.25 en Callao (Madrid) de 20.30 a 21.30 –

CÍRCULO DE SILENCIO en solidaridad con los inmigrantes.

Porque los delegados de migraciones de la Iglesia española acordaron que lo celebraran, en una u otra forma, todas las diócesis (más explicación y materiales en esta entrada).

Porque se está atentando contra la dignidad de las personas migrantes.
Porque sigue habiendo muertes injustas, fronteras fortaleza.
Porque los medios de comunicación y nuestros políticos manipulan el significado de nuestro vocabulario y de muchas conciencias.
¡Seguiremos denunciando toda ley y acto contra las personas migrantes!

¿Qué son los Círculos de Silencio?

  • Una acción NO VIOLENTA en solidaridad con las personas inmigrantes y de reivindicación de los derechos de todas las personas. Defendemos la noviolencia como el camino a seguir y a descubrir, que ponga siempre la conciencia por encima de la ley.
  • En Madrid se celebran desde 2011.
  • Información detallada en la web de Círculos de Silencio.