Rufino Gª Antón – «PAZ Y MIGRACIÓN»

PAZ Y MIGRACIÓN
(Por una cultura de paz)
Rufino García Antón,
delegado Episcopal de Pastoral de la Movilidad Humana (Migraciones) de la diócesis de Madrid

[Charla en la Parrq. de Nuestra Señora, Reina del Cielo (Madrid) el 22.5.26]

ÍNDICE (pulsa en cada ítem en rojo para ir a él)

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0. Saludo agradecido e introducción

Palabras y paloma de paz.Muchas gracias a la Fundación Uyamá Asunción por invitarme a participar en estas interesantes y sugerentes Jornadas cuyo lema, “Por una cultura de paz”, me parece sumamente actual e importante. Creo que todo el empeño que pongamos en impulsar esta cultura de la paz no dejará de ser beneficioso para la relación entre las personas, para la sociedad española y para la humanidad. Vivimos tiempos duros y difíciles en los que las guerras no son una amenaza, sino una realidad presente en muchas partes del mundo con las consecuencias dramáticas que tienen para las personas que son víctimas inocentes de las mismas, para los países que sufren sus devastadoras consecuencias y para la humanidad entera. El Papa León XIV, cuya visita recibiremos próximamente, no se cansa de repetir una y otra vez que es necesario construir “una paz desarmada y desarmante”;  lo dijo nada más aparecer en el balcón de San Pedro el día de su elección y lo sigue diciendo una y otra vez. Construir esa paz desarmada y desarmante” es tanto como decir “construir una cultura de paz”. Y, en este desafío, poner en el foco la realidad de la migración me parece muy acertado. Me referiré con frecuencia a lo largo de esta reflexión a actitudes como el diálogo, el encuentro, la acogida, la hospitalidad, etc. que tienen que ver tanto con la construcción de la paz como con el papel fundamental que juegan en ella la acogida, la protección, la promoción y la integración de las personas migrantes. Paz y Migración se constituyen así en un binomio complementario y hasta yo diría más: inseparablemente unido. Creo que no podemos hablar hoy de paz sin referirnos a la necesaria atención que debe prestarse al fenómeno migratorio y sus causas, las guerras entre las más importantes y, en positivo, al papel que las personas migrantes juegan en la construcción de la paz.

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1. Una mirada a la realidad

Como señalaba hace un momento, las guerras son una de las causas que están en el origen de muchos desplazamientos forzosos. ¡Cuántas personas se ven obligadas a salir de sus países a consecuencia de las guerras! Como señala la Doctrina Social de la Iglesia, junto al derecho a emigrar está el derecho a no emigrar (ver por ejemplo, el documento sobre «El derecho a no tener que emigrar»). Pocas personas salen de sus países por gusto para ir a otros países (los turistas, los deportistas de élite, etc). En cambio, son muchísimas las personas que se ven obligadas a hacerlo, arriesgando sus vidas, porque en sus países no encuentran los medios necesarios para vivir dignamente o porque desean una vida mejor para las familias que quedan allí. Cualquiera lo haríamos en su lugar. Por eso, duelen mucho los discursos de odio, nada pacíficos, por cierto, que identifican a las personas inmigrantes como delincuentes y promueven su rechazo, su exclusión y su expulsión. ¡Ojo y atención a que estas actitudes racistas y xenófobas no se nos cuelen también en las comunidades cristianas y en la Iglesia! No son nada evangélicas.

En positivo, hay que destacar la contribución al enriquecimiento en todos los sentidos que las personas migrantes aportan a la sociedad y a la Iglesia. Su presencia en los países que los acogen y en la Iglesia que les abre sus puertas es una riqueza inestimable y seguramente no suficientemente reconocida y valorada. En lo que se refiere a su contribución a la paz, que es el tema que nos ocupa, hay un factor muy relevante y destacable: la diversidad, cuya riqueza celebraremos el próximo domingo en la solemnidad de Pentecostés, contribuye al fortalecimiento de todo el cuerpo y de sus diferentes miembros. Y la Paz en la diversidad es un don del Espíritu Santo.

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2. Algunos textos bíblicos

Los textos bíblicos que propongo a continuación para reflexionar no son, en sentido estricto, textos que aludan al binomio paz-migración literalmente. Pero como todo está relacionado, en la medida en que son textos que hablan de acogida, de encuentro, de amor concreto al prójimo, etc. considero que esas actitudes que ahí se reflejan son portadoras de paz para las personas o personajes que aparecen en ellos.

Así, por ejemplo, en la hospitalidad que Abrahán y Sara  dispensaron a tres hombres que llegaron a su tienda junto al encinar de Mambré en las horas más calurosas del día (Gen 18,1-16). Esa hospitalidad le llevará a decir siglos más tarde al autor de la Carta a los Hebreos: “conservad el amor fraterno y no os olvidéis de la hospitalidad: por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (Heb 13,1-2).

O en el precioso texto del diálogo de Jesús con la samaritana (Jn 4). En ese encuentro, Jesús rompe barreras sociales, étnicas y religiosas al hablar con una mujer samaritana y marginada junto al pozo de Jacob. Se trata de un encuentro cuyos resultados son absolutamente transformadores para aquella mujer.

La parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37) nos enseña el significado concreto de amar al prójimo y muestra cómo la compasión y la ayuda desinteresada deben superar cualquier barrera social, cultural o religiosa. El que atiende al que está tirado al borde del camino es un samaritano, un extranjero, un ser despreciable para los judíos, mientras que el sacerdote y el levita pasan de largo.

Finalmente, en la parábola del juicio final y más concretamente en Mt 25,35, Jesús nos enseña que acoger al extranjero es acoger al mismo Jesús.

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3. Algunos textos de los papas Francisco y León XIV

El Papa Francisco empieza su mensaje de la 51 Jornada Mundial de Oración por la Paz, cuyo lema era “Migrantes y refugiados, hombres y mujeres que buscan la Paz”, expresando su deseo de paz en estos términos: “Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra. La paz que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad, es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y mi oración. De entre ellos, quisiera recordar  a los más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Estos últimos, como afirmó mi querido predecesor Benedicto XVI, ‘son hombres y mujeres, niños, jóvenes, ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz’” (nº 1). Más adelante, el Papa instó a los gobiernos y a la sociedad a construir la paz, combatiendo el miedo y las políticas de rechazo.

En el mensaje de la 109 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, cuyo lema fue, “Libres para elegir si migrar o quedarse”, el Papa Francisco recuerda que “los migrantes escapan debido a la pobreza, al miedo, a la desesperación” y señala que alguna de las causas más visibles de la migración son “las persecuciones, las guerras, los fenómenos atmosféricos y la miseria” y añade que “es necesario un esfuerzo conjunto de cada uno de los países y de la comunidad internacional para que se asegure a todos el derecho a no tener que emigrar, es decir, la posibilidad de vivir en paz y con dignidad en la propia tierra”.

También el Papa León, en este primer año de su pontificado, ha puesto la búsqueda de la paz global y la defensa de la dignidad de los migrantes como ejes centrales de su pontificado. En sus discursos, combina el derecho soberano de los Estados a regular sus fronteras con la exigencia innegociable de tratar a todo ser humano con respeto humanitario.

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4.El diálogo ecuménico e interreligioso, una herramienta fundamental en el binomio paz y migración

Cito literalmente en este apartado lo que se dice en la página 52 (punto 4.2) del documento Comunidades acogedoras y misioneras, aprobado por la CXXIV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, celebrada del 8 al 4 de marzo de 2024 a propósito del diálogo ecuménico e interreligioso, porque me parece que refleja muy bien lo que yo quiero expresar en este punto:

“La postoral con migrantes está habituada y promueve tanto la sensibilidad ecuménica como el diálogo interreligioso desde la vecindad, la cultura del encuentro y la caridad. En nuestro caso, más que con grandes discursos, desde la artesanía de hacer cada día posible el entendimiento, la convivencia, la ayuda mutua, el respeto y el caminar juntos. Nuestras diócesis se van familiarizando con gestos, iniciativas y puentes de diálogo y de fraternidad, tanto entre Iglesias cristianas como con otras religiones. Habrá que orarlos y presentarlos también como fuentes de esperanza.

Respecto al ecumenismo y al diálogo interreligioso, siendo ámbitos diferentes, la cultura de la acogida sale al encuentro de las otras tradiciones cristianas y de las otras religiones que también son capaces de de coincidir en espacios comunes. Con el histórico encuentro interreligioso de Asís de 1986, donde hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas se reunieron para rezar por la paz, San Juan Pablo II indicó el diálogo interreligioso como fuente de esa paz tan necesaria en un mundo donde las guerras y los conflictos obligan a muchas personas a abandonar sus países.

Cada comunidad eclesial como cada tradición religiosa pueden aportar sus compromisos a favor de la vida, la paz, la convivencia social, los problemas sociales o medioambientales. Podemos trabajar juntamente con ellas de modos diversos por un desarrollo humano integral basado en la fraternidad universal, la solidaridad y el principio moral de la responsabilidad, especialmente con las generaciones futuras, respondiendo juntos a la pregunta ¿qué mundo queremos dejar?”.

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5. Por una cultura del encuentro

La cultura del encuentro es un concepto central en el magisterio del Papa Francisco. Propone construir puentes de diálogo y solidaridad por encima de la polarización y el individualismo. Su objetivo es reconocer la dignidad del otro, escuchar activamente y trabajar por el bien común y la paz. Los pilares fundamentales de esta cultura del encuentro son:

  1. Empatía y escucha: implica pasar de solo “oír” a “escuchar” activamente, comprendiendo la realidad desde la perspectiva del otro.
  2. Reconciliación: busca derribar los muros del aislamiento y la indiferencia, fomentando la amistad cívica y la fraternidad.
  3. Acción social: no se queda en la teoría; impulsa el salir de la zona de confort para atender a los más necesitados vulnerables de la sociedad.
  4. Reconocimiento de la identidad: fomenta el respeto por las convicciones propias y ajenas sin caer en el relativismo ni en la violencia verbal.

Todo esto está muy bien expresado en la Encíclica Fratelli Tutti.

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6. Decálogo para una convivencia pacífica e integradora

  1. Acompañar procesos de convivencia pacífica e integradora tanto en la sociedad como en la Iglesia.
  2. Cultivar la amistad social con los pobres, los excluidos y los migrantes, como le gustaba decir al Papa Francisco.
  3. Frente a la globalización de la indiferencia, la globalización de la solidaridad.
  4. Fomentar unas relaciones personales y humanas basadas en una paz desarmante y desarmada, como le gusta decir al Papa León XIV.
  5. Fomentar la cultura del encuentro y del diálogo con los que son diferentes a nosotros.
  6. Empatizar con la realidad de los demás sin juzgar ni condenar.
  7. Ser sensibles ante el dolor ajeno y no pasar de largo ante su situación (parábola del buen samaritano).
  8. Mirar y mirarnos a la cara y a los ojos.
  9. Cultivar y fomentar una cultura de la paz. Educar para la paz.
  10. Ser acogedores y hospitalarios.

¡MUCHAS GRACIAS!

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Gaza: UN PUÑETAZO ENCIMA DE LA MESA

Retrato del hambre y la dignidad rota en Gaza
UN PUÑETAZO ENCIMA DE LA MESA EN UN MARCO BÍBLICO

[José Luis Pinilla SJ, para Religión Digital, 30.5.25]

Hay escenas que no deberían caber en los ojos humanos. No por su crudeza, sino por su intolerable repetición. Las noticias de niños agolpándose por la comida en Gaza no es apenas un recuento informativo: es una fisura por donde se cuela la angustia de un mundo herido, un fragmento del tiempo donde la infancia —ese territorio sagrado— se arrodilla ante el hambre. Gaza no es solo un nombre de geografía; es ahora un umbral del dolor contemporáneo, una grieta encendida donde se pone a prueba, cada día, la capacidad del lenguaje para sostener lo insoportable.

Son imágenes de un grupo de niños peleando por comida [por ejemplo, ver aquí], arrimando sus platos y cazuelas, sonando en una sinfonía de horrores donde el ruido metálico se mezcla con los lamentos humanos. Al verlas, nos vemos arrojados sin contemplaciones al corazón de la tragedia. No hay tiempo para amortiguar el golpe ni espacio para la neutralidad: la escena es un espejo que nos incomoda, nos sacude. El verbo “peleándose” no es gratuito; es el indicio de que la supervivencia ha desterrado la niñez, de que en Gaza los juegos han sido reemplazados por una desesperación visceral. Y sin embargo, lo verdaderamente indignante no es la imagen misma, sino la condición que la hace posible: un bloqueo sistemático, una violencia estructural, una parálisis cómplice de la comunidad internacional.

Y al mismo tiempo, el representante de Palestina ante la ONU, al hacer referencia a la situación de su país, ha roto a llorar mientras golpea la mesa expresando la impotencia suya y de su pueblo durante su intervención [el siguiente vídeo está tomado del canal de YouTube de El País]:

En este marco, la voz de Riyad Mansour, quebrada, temblorosa, irrumpe como un lamento bíblico, un clamor que por momentos parece venir desde un tiempo arcaico, y sin embargo resuena con escalofriante actualidad. Que un diplomático —pieza muchas veces fría del engranaje político— se quiebre en un foro internacional no es un gesto menor: es la dignidad rota frente al horror, es la humanidad asomando entre las ruinas del protocolo. Sus palabras no están apenas pronunciadas: están desgarradas.

Dice: “Las madres abrazan los cuerpos inmóviles, acarician el pelo, les hablan, les piden perdón…”. Aquí la sintaxis no encadena ideas; acompaña el susurro de las madres que, en una mezcla de ternura y delirio, intentan rescatar lo que ya no respira.

Y entonces, como en las Escrituras: “Voz fue oída en Ramá, llanto y gran lamentación; Raquel que llora por sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron” (Jer 31,15). El eco de esa Raquel que llora en Ramá atraviesa los siglos y se posa hoy en Gaza, donde cada madre parece repetir el mismo lamento antiguo.

Y, como si fuera la firma del documento más importante en la ONU, da un puñetazo fuerte encima de la mesa.

La fuerza poética de estas imágenes —y digo poética no por ornamento, sino por densidad expresiva— reside en su capacidad para entrelazar lo individual con lo colectivo, lo íntimo con lo político.

Y mientras tanto, como un decorado permanente, se entrelaza la imagen del humo dominando el horizonte de Gaza. Es una imagen bíblica: “la tierra estaba cubierta de tinieblas” (Éxodo 10:22), una columna de ceniza que sustituye al sol, una señal de que en ese rincón del mundo, cada día se libra un éxodo sin promesa. “Subía el humo de la tierra como el humo de un horno” (Génesis 19:28), y con él, la infancia arde en un holocausto de hambre y silencio. Pero a diferencia del relato antiguo, aquí no hay un Mar Rojo que se abra, no hay una tierra prometida al final del sufrimiento. Solo hay hambre, y es un hambre que no cesa, que se acumula como polvo sobre los ojos, que invade los estómagos y también las palabras.

El relato pone en diálogo múltiples registros: el periodístico, el político, el emocional, y en todos ellos se infiltra una sensación de impotencia. Hay algo coral en esta narración: una asamblea de voces —la ONU, Sigrid Kaag, António Guterres, los grupos de ayuda— que coinciden en la denuncia, pero se diluyen en la acción. La ayuda humanitaria, nos dicen, llega a cuentagotas, y esa expresión encierra su propio espanto: ¿cómo se dosifica el auxilio cuando se mueren niños? ¿Con qué criterio se reparte la urgencia?

Este texto nos confronta con una doble obscenidad: la de los cuerpos infantiles agonizando por inanición, y la de la maquinaria internacional incapaz de frenar esa agonía. Es una literatura del espanto que no inventa nada, que no necesita metáforas porque la realidad ya es insoportable. Aun así, el llanto de Mansour, y su puñetazo encima de la mesa que parece clausurar toda posibilidad de discurso, es en sí mismo un acto literario en el sentido más hondo: el lenguaje llevado a su límite, hasta el borde del silencio y la impotencia.

El colofón, con la actuación de Netanyahu como respuesta a las acciones de Hamás, introduce una disonancia brutal. Como si la historia no supiera qué tono adoptar: la guerra continúa su retórica de exterminio mientras en paralelo se describe el entierro de la infancia. El contraste es hiriente: mientras un líder de Hamás muere —un dato que el poder celebra—, decenas de niños lo hacen también, pero sin nombre, sin cifra oficial, sin duelo reconocido. En la contabilidad del horror, algunos cuerpos valen más que otros.

No hay consuelo posible. Pero sí hay una exigencia: no voltear la mirada. Tal vez esa sea la mayor virtud literaria y moral de estas imágenes de la impotencia propia y colectiva. Al obligarnos a mirar de frente, nos recuerda que el dolor ajeno, cuando es silenciado, se convierte en vergüenza propia.

Y que, en medio del hambre, la palabra y el puñetazo encima de la mesa —cuando son honestos, cuando tiemblan— puede seguir siendo una forma de resistencia.

Justicia y Paz – PAZ DESARMADA Y DESARMANTE EN GAZA

Comisión General de Justicia y Paz
LLAMAMIENTO PARA UNA PAZ DESARMADA Y DESARMANTE EN GAZA
-22.5.25-

El Señor dijo a Caín: «¿Dónde está Abel, tu hermano?». Respondió Caín: «No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?». El Señor le replicó: «¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo (Gn, 4).

Comisión General de Justicia y Paz. LLAMAMIENTO PARA UNA PAZ DESARMADA Y DESARMANTE EN GAZA.En este año Jubilar de la Esperanza traemos a nuestras conciencias el llamado del Concilio Vaticano II, que nos recuerda que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. (…) La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia.” (GS, 1)

En un mundo enfrentado, que nos dibuja un mosaico de muerte con una “guerra mundial a plazos” y que van adquiriendo estructuras más enraizadas de permanencia en la violencia y el odio, donde el valor de la defensa de las personas y de los pueblos como centro de la vida plena va perdiendo peso a favor de intereses mercantilistas, del dinero y del poder, anhelamos una sociedad atravesada por la convivencia, el respeto mutuo y la preservación de los derechos inalienables, conquistados con mucho esfuerzo.

Hasta que no haya una paz firme y duradera nuestro silencio no puede ser cómplice de tantas guerras activas.

La realidad que estamos viviendo clama a gritos el fin de todo enfrentamiento y el establecimiento de la paz llena de justicia, en todos los territorios que sufren este flagelo de la guerra, y especialmente en la querida tierra de Palestina, donde, en palabras de la Oficina de Derechos Humanos de la ONU, la escalada militar plantea condiciones de vida incompatibles con la supervivencia de la comunidad palestina, especialmente de la población de Gaza.

En Gaza, las personas mayores, menores y familias supervivientes están ya muriendo de hambre:

No queremos que Atila recorra la franja de Gaza, no queremos ni bombas ni rehenes, queremos justicia y paz para quienes viven en Israel y en Palestina, queremos el pleno respeto de todos los derechos humanos en todas las tierras que pisó nuestro señor Jesucristo y en todo el mundo. No podemos olvidarnos ni mirar para otro lado cuando los hermanos y hermanas sufren y están muriendo a causa de las guerras.

Quedarnos indiferentes es una incoherencia total con nuestro cristianismo.

Con el Papa León XIV, decimos que la paz no es el silencio sepulcral después del conflicto, no es el resultado de la opresión ni del exterminio, sino un don que mira a las personas y reactiva su vida. Rezamos por esta paz, que es reconciliación, perdón, valentía para pasar página y volver a comenzar en una relación de respeto y convivencia.

Los pueblos quieren la paz:

No podemos olvidar que no hay paz sin justicia y no hay justicia sin reparación, no solo física y de infraestructuras, sino fundamentalmente de tantas personas dañadas en su cuerpo y en su espíritu. Debemos implicarnos todo lo que podamos en este esfuerzo de reparación y de exigencia de parar la guerra como condición primera e ineludible.

Para que esta paz se difunda, junto con el Papa León XIV, apoyamos a la Santa Sede, que está a disposición para que las personas enemigas se encuentren y se miren a los ojos, para que a los pueblos se les devuelva la esperanza y se les restituya la dignidad que merecen, la dignidad de la paz.

Con el corazón en la mano, decimos a quienes dirigen los pueblos: ¡Encontrémonos, dialoguemos, negociemos! La guerra nunca debe ser inevitable porque en ella nadie gana y todos perdemos; las armas pueden y deben callar, porque no resuelven los problemas, sino que los aumentan; porque pasarán a la historia quienes siembran la paz, no quienes cosechan víctimas; porque las demás personas no son ante todo enemigas, sino seres humanos: no son seres malos a quienes odiar, sino personas con quienes hablar.

Para llegar a una situación de “justicia, paz, verdad y fraternidad”, como viene reclamando el Papa León XIV, se requiere, de manera urgente e inaplazable, terminar con el asedio a la población, así como con el ataque a los hospitales, con los bombardeos a la población civil, la destrucción sistemática de infraestructuras y vecindarios, y la negación de asistencia humanitaria, lo que supone una violación de los derechos humanos más básicos y del derecho internacional humanitario, actos de ocupación equivalentes a una limpieza étnica.

Por eso, y por ser un imperativo para la dignidad humana, reclamamos:

Que se respete el Derecho Internacional Humanitario

Que se permita la entrada de ayuda humanitaria sin restricciones,

Que se respete la defensa de la vida, especialmente de las personas más vulnerables, infancia, enfermas, mujeres, y se libere a todas las personas secuestradas

Que se abran corredores humanitarios para asistir a la población civil.

Que dirigentes de los Estados sigan imponiendo sanciones a los Acuerdos con quienes no respetan el derecho internacional humanitario y cese el rearme, con un embargo militar integral, en búsqueda de una paz “desarmada y desarmante”.

Que se dé fin a la guerra en Gaza, y se inicie la reconstrucción de las infraestructuras para una vida digna del propio pueblo palestino en su territorio, hasta consolidar una Paz con Justicia y reparación

«¡En un mundo dividido y herido por el odio y la guerra estamos llamados a sembrar la esperanza y a construir la paz!«. Con estas palabras de nuestro Papa León XIV, hacemos un llamado a ser constructores de puentes de tolerancia, de diálogo y de plena justicia, para toda persona y condición, para todo pueblo y nación. Estamos llamados y convocados a ser artesanos de la paz, convencidos de que es Dios quien mueve la historia, aunque a veces nos parezca ausente o lejano.

Nuestra Señora de la Paz, ruega por nosotros. Acudimos a ti para que esa paz que Dios nos ofrece en Jesús, la recibamos, la conservamos y la llevemos al mundo. Ayúdanos para que seamos artífices de la Paz. Que tu maternal auxilio nos haga valientes, pacientes y eficaces para comprometernos a trabajar por la justicia, fundamento de la paz que todos necesitamos.

Comisión General de Justicia y Paz. LLAMAMIENTO PARA UNA PAZ DESARMADA Y DESARMANTE EN GAZA.

21 dic. POR LA PAZ: NI TERRORISMO NI GENOCIDIO


Discapacidad. Local accesible a personas con movilidad reducida.

21 de diciembre de 2024
CANTAMOS POR LA PAZ
Por la Paz. Alto el Fuego ¡Ya! Ni Terrorismo, Ni Genocidio.

En Madrid

La plataforma que está detrás de la concentración del pasado 30 de noviembre, “Por la Paz. Alto el Fuego ¡Ya! Ni Terrorismo, Ni Genocidio” (https://pararlaguerra.es/), vuelve a convocarnos -tras el pasado 30 de noviembre-  a un nuevo acto en Madrid o donde pueda cada grupo, parroquia, ciudadano, etc.: se trata de participar  asistiendo y, en su caso, organizándose en las plazas y espacios de cualquier lugar del territorio nacional para cantar, como canción de este movimiento por la Paz, “Sólo le pido a Dios”.

La plataforma la conforman -ver su página web- un gran número de entidades civiles y religiosas, y la firma de su manifiesto está abierta a todos.
CANTAMOS POR LA PAZ. Por la Paz. Alto el Fuego ¡Ya! Ni Terrorismo, Ni Genocidio.

Mons. Luis Argüello, en su discurso de clausura en la presentación de la Memoria de Actividades de la Iglesia, del pasado 10 de diciembre, hace referencia a este nuevo acto (ver a partir del minuto 2,25 en https://www.youtube.com/watch?v=NB_BQEqrfrw).